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Una pequeña parte del mundo tiene sobrealimentación y camina a la obesidad. La otra gran parte del planeta se muere de hambre

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Julio del 2011


Los porqués del hambre

Vivimos en un mundo de abundancia. Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?

La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. Sequías, inundaciones, conflictos bélicos… contribuyen a agudizar una situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, pero no son los únicos factores que la explican.

La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años. Y, periódicamente, los medios de comunicación remueven nuestros confortables sofás y nos recuerdan el impacto dramático del hambre en el mundo. En 1984, casi un millón de personas muertas en Etiopía; en 1992, 300.000 somalíes fallecieron a causa del hambre; en 2005, casi cinco millones de personas al borde de la muerte en Malaui, por solo citar algunos casos.

El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Se señala a la sequía, con la consiguiente pérdida de cosechas y ganado, como uno de los principales desencadenantes de la hambruna en el Cuerno de África, pero ¿cómo se explica que países como Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padezcan hambrunas extremas? Evidentemente, los fenómenos meteorológicos pueden agravar los problemas alimentarios, pero no bastan para explicar las causas del hambre. En lo que respecta a la producción de alimentos, el control de los recursos naturales es clave para entender quién y para qué se produce.

En muchos países del Cuerno de África, el acceso a la tierra es un bien escaso. La compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros (agroindustria, Gobiernos, fondos especulativos…) ha provocado la expulsión de miles de campesinos de sus tierras, disminuyendo la capacidad de estos países para autoabastecerse. Así, mientras el Programa Mundial de Alimentos intenta dar de comer a millones de refugiados en Sudán, se da la paradoja de que Gobiernos extranjeros (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Corea…) les compran tierras para producir y exportar alimentos para sus poblaciones.

Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo. Historias parecidas se dieron no solo en países de África, sino también en América Latina y Asia.

La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. En Etiopía, el coste del trigo subió un 85% con relación al año anterior. Y en Kenia, el maíz alcanzó un valor 55% superior al de 2010. Un alza que ha convertido a estos alimentos en inaccesibles. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.

El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.

La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.

Volviendo al principio, ¿por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan solo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Como señalaba el relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter, en una entrevista a EL PAÍS: “El hambre es un problema político. Es una cuestión de justicia social y políticas de redistribución”.

Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la “soberanía alimentaria”, y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Tomando prestado uno de los lemas más conocidos del Movimiento 15-M, es necesaria una “democracia real, ya” en la agricultura y la alimentación.

*Esther Vivas, del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, es autora de “Del campo al plato. Los circuitos de producción y distribución de alimentos”.

*Artículo en El País, 30/07/2011.

+info: http://esthervivas.wordpress.com

Publicado por Esther Vivas el 31 de Julio, 2011, 19:03 | Comentar | Referencias (1)

El G-20 y los precios de los alimentos

El hambre no espera

El debate sobre el precio mundial de los alimentos ha sido particularmente intenso en junio. A propósito de la reunión de los ministros de Agricultura del G-20 celebrada en París la semana pasada, varios organismos se pronunciaron frente a la volatilidad de los precios de cereales, carnes y otros insumos de la canasta alimentaria mundial.

Desde que en 2007–2008 empezó una fuerte presión al alza de los precios de los alimentos, la seguridad alimentaria del planeta ha sido puesta en cuestión. En especial si tenemos en cuenta que la población mundial aumentará fuertemente en muy poco tiempo, llegando a 9,200 millones de personas en sólo diez años, y que las tierras destinadas a la producción de alimentos han empezado a reducirse por muchos factores. En otros, el crecimiento de la oferta de biocombustibles.

Pero el debate no puede dejar de tocar una de los principales males de estos tiempos: la falta de regulación económica.
En efecto, muchos analistas sostienen que desde que en el periodo 2002-2003 la especulación financiera en los mercados mundiales de commodities e insumos agrícolas empezó a crecer debido a la creciente presencia de fondos de cobertura, bancos de inversión y otros jugadores interesados en multiplicar sus dividendos a costa del hambre mundial, los precios han registrado una tendencia al alza. Claro que en medio de fluctuaciones que afectan a muchos actores de relevancia en este tema: agricultores, países deficitarios de alimentos, países productores y, en fin de cuentas, a los casi mil millones de personas que se van a dormir con hambre, en palabras de la organización para el desarrollo Oxfam Internacional, “no porque no haya suficiente alimentos, sino por la profunda injusticia del sistema”.

Si de algo podemos estar seguros, es de que esa misma desregulación que vemos en los mercados de commodities -especie de casinos mundiales donde les da lo mismo si se lucra con oro, cobre o maíz- está a la base de la crisis económica global que desde hace ya unos años viene azotando el mundo y ha hecho que Europa y Estados Unidos -dos de los tres motores de la economía mundial-, estén parados.

Y como son los países llamados desarrollados los que actualmente se ven más afectados por las crisis financiera, fiscal y bancaria que se desataron tras la caída de Lehman Brothers y otros bancos de inversión a fines del 2008, y a diferencia de lo sucedido en los años ochenta, en que había países pobres altamente endeudados (PPAE), ahora hablamos más bien de países ricos altamente endeudados (PRAE).

Es que el G-8 quedó chico en legitimidad para asumir el liderazgo en la salida a la crisis. Por eso no se tuvo mejor idea que incluir a otras economías, como la brasileña, la mexicana, la argentina y la china, para dar la idea de mayor amplitud a la hora de poner fin al caos financiero existente.

Lo cierto es que desde que el G-20 empezó a tomar protagonismo en diciembre del 2008, cuando era escenario para declaraciones como “abajo los paraísos fiscales” o “regulación o muerte”, hasta que comenzó a transitar hacia debates menos antisistémicos, como la necesidad de ajustar las cajas fiscales castigando a los trabajadores por los crímenes cometidos por los de cuello y corbata, hemos comprendido que no hay mucho margen para cambios sustanciales si los mismos actores (bancos, especuladores, etc.) siguen moviendo los hilos tras el poder mundial.

Como no podía ser de otro modo, el G-20 recogió el debate de los precios de los alimentos, en especial porque el año pasado volvieron a dispararse. Así, no tuvieron mejor idea que convocar para el 22 de junio en París a los ministros de Agricultura del G-20 para buscar cierta estabilidad y certeza en los precios de los alimentos.

En el centro está la discusión sobre si la especulación financiera es la causante de esta distorsión. Es decir, si la Ley de la oferta y la demanda ha dejado paso a la “timba de casino” a la hora de fijar los precios. Siendo los grandes apostadores parte del poder económico mundial, es difícil que sea la representación política, que en gran medida responde a ese poder, la que acabe con la desregulación que marca la pauta en los mercados de commodities.

Hasta el día de hoy no existe ningún instrumento internacional que diga, por ejemplo, quienes pueden o no participar en estos mercados o qué mecanismos deben quedar fuera de la transacción de los alimentos, como los contratos a futuros o los derivados financieros.

La situación en América Latina

En un taller sobre commodities realizado por el G-20 en Buenos Aires en mayo, donde además de expertos participaron los ministros de Agricultura, se fijó la posición argentina y brasileña sobre este tema. Y ello no es poca cosa, pues tanto Argentina como Brasil, además de integrar el G-20, son grandes productores de alimentos, y como sucede en el Perú con los minerales, una subida de los precios internacionales afecta positivamente su caja fiscal.

En fin, los dos grandes países sudamericanos coincidieron en parte con la postura francesa, que a juzgar por las declaraciones de sus autoridades, ven con buen talante regular los mercados financieros en los que se negocian los precios de los alimentos, en contraposición a la británica, que se niega a regular los mercados pues tiene una alta participación en ellos. Claro está que los argentinos y los brasileños, como otros proveedores de alimentos en el mundo, no están a favor de una regulación fuerte, como la lanzada por el presidente francés Nicolas Sarkozy, referida a la fijación de topes a los precios de los bienes primarios.

El propio ministro francés de Agricultura, Bruno Le Marie, precisó que lo que proponen no es la vuelta al proteccionismo sino evitar la alta volatilidad de los precios y la especulación financiera de los productos agrícolas. En esto coincidió con el ministro argentino de Economía, Armando Boudou, recién elegido como compañero de fórmula de la presidenta Cristina Fernández, quien en el taller destacó la importancia de focalizar el tema en la regulación de los mercados financieros.

Este taller fue el preámbulo para la reunión del 22 de junio en París, donde se programó discutir un plan de acción de cinco puntos: inversión en agricultura para aumentar la oferta; lograr transparencia en los mercados agrícolas con la provisión de mayor información, para que haya menos especulación; diseño de mecanismos de acción para sortear una crisis alimentaria; darle tratamiento a la volatilidad de los precios; y, finalmente, la regulación financiera.

Respuestas políticas

La Organización Mundial de Comercio (OMC), el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y otras seis organizaciones multilaterales emitieron a principios de junio un informe titulado La volatilidad de los precios en los mercados de agrícolas y de alimentos: respuestas políticas.

En este documento recomendaron al G-20 que tuviera en cuenta la necesidad de mejorar la información y transparencia de los mercados de futuros y OTC (Over The Counter), y animar reglas apropiadas para evitar la especulación financiera. Incluso, fueron más allá y pidieron acabar con la desregulación de todos los mercados de commodities, incluyendo los no agrícolas. Asimismo, pidieron al G-20 que no apoyara al sector de biocombustibles, pues lo consideran otro factor del alza de los precios de alimentos, al reducir la tierra disponible para la agricultura.

El 21 de junio, un día antes de la reunión de los ministros de Agricultura del G-20, se publicó otro informe, esta vez elaborado por la OCDE y la FAO: Perspectivas de la agricultura 2011-2020. En el mismo se afirma que, en términos reales, los precios de los productos básicos serán en este periodo un veinte por ciento más altos para los cereales y hasta un treinta por ciento para las carnes, comparados con la última década.

Asimismo, se recalca que la mayor parte de los investigadores coinciden en que un nivel elevado de actividad especulativa en los mercados de futuros puede ampliar los movimientos de los precios a corto plazo.

Desde la sociedad civil mundial, Oxfam instó al G-20 a apostar por las reservas de alimentos, en la nota informativa Prepararse para las vacas flacas, en la que criticó duramente por “decepcionante” el borrador del comunicado que circuló antes de la reunión, donde los países miembros del grupo se comprometen a vigilar el suministro mundial de granos para impedir la especulación en los precios.

Los acuerdos

Finalmente, los ministros de Agricultura del G-20 acordaron en París un plan para incrementar la producción agrícola. El mismo contiene propuestas relacionadas con: a) nuevas tecnologías; b) acabar con las restricciones a la exportación de alimentos para programas de ayuda de las Naciones Unidas, y c) establecer un sistema de información del mercado agrícola para un intercambio voluntario de datos sobre producción, consumo y niveles de almacenamiento.

Además, se decidió crear un Foro de Respuesta Rápida para que funcionarios del área de agricultura puedan planear respuestas conjuntas a crisis alimentarias o invertir en la mejora de la producción y productividad de alimentos.

Si bien el foco no estuvo del todo centrado en la especulación financiera, prevaleciendo la posición de aumentar la producción sobre la de poner precios máximos a las materias primas agrícolas, a nivel declarativo ha habido un avance, pues en el comunicado final, el G-20 pide a los ministros de Economía y autoridades de los bancos centrales “tomar decisiones apropiadas para una mejor regulación y supervisión de los mercados financieros agrícolas”.

En palabras de la ministra alemana de Agricultura, Ilse Aigner, “los ministros están decididos a crear mayor transparencia en los mercados internacionales, para limitar el mal uso y la manipulación de los precios de las materias primas”.

Ver para creer.

Los negocios por delante

El que no desaprovechó la oportunidad para hacer negocios en este escenario fue el Banco Mundial, que lanzó un programa de 4,000 millones de dólares para controlar la volatilidad de los precios de los alimentos, consistente en créditos para productores, consumidores, cooperativas y bancos locales de países en desarrollo. Es decir, en lugar de proponer una regulación del mercado de commodities para evitar la oscilación del precio de los alimentos prefiere seguir endeudando a sus clientes, los países en desarrollo.

El anuncio de este financiamiento fue hecho un día antes de la reunión de ministros de Agricultura del G-20, quienes recogieron, como no podía ser de otra manera, esta iniciativa. Es que este organismo multilateral no da puntada sin hilo y, hasta en medio de un tremendo problema como el de los precios de los alimentos, no deja de jalar agua para su molino.

“Con esta nueva herramienta podemos ayudar a los productores de alimentos a protegerse contra las oscilaciones de precios, fortalecer su posición de crédito y aumentar su acceso a financiación”, afirmó el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick.

Este nuevo Gestor de Riesgos de Precios de Agricultura, como se ha denominado al instrumento financiero, será gestionado a través de la Corporación Financiera Internacional (CFI), brazo del sector privado del Banco Mundial, y nada más ni nada menos que por J.P Morgan, precisamente uno de los grandes jugadores en los mercados financieros.

Hasta el hambre de la población sirve para incrementar ganancias.

* Red Tercer Mundo


Publicado por Carlos Bedoya* el 7 de Julio, 2011, 22:20 | Comentar | Referencias (0)

Exigen etiquetado del pescado con el contenido de mercurio

A raíz de la reciente publicación de los resultados de un informe “confidencial” sobre la contaminación del pescado de consumo, Ecologistas en Acción exige que el etiquetado de estos productos informe a los consumidores sobre los niveles de mercurio que contengan y los riesgos asociados, especialmente en grandes pescados predadores como el atún, el tiburón y el pez espada.

En 2010, la Comisión Europea propuso regular la información que debían contener las etiquetas de ciertos alimentos. En aquella ocasión, Ecologistas en Acción, recomendó que inmediatamente después de la lista de ingredientes, la etiqueta incluyera la frase: “Contiene metilmercurio. No recomendado para mujeres embarazadas o en periodo de lactancia, mujeres en edad fértil y niños”.

El mercurio es un potente tóxico que provoca daños al sistema nervioso incluso en dosis muy pequeñas. Una vez depositado en un ambiente acuático, el mercurio se transforma en su forma más tóxica, el metilmercurio, y se acumula en los peces, los animales y los humanos que los consumen. La población más vulnerable a sus efectos son los niños y las mujeres en edad fértil, embarazadas o en periodo de lactancia, que pueden transmitírselo a sus hijos y afectar al desarrollo del cerebro. En cualquier caso, todos somos sensibles a la toxicidad del mercurio y debemos reducir al mínimo nuestro consumo de pescado contaminado, que puede afectar a los riñones, al hígado y a los sistemas cardiovascular, inmune y reproductor.

El mercurio nunca desaparece del medio ambiente, asegurando que la contaminación de hoy seguirá siendo un problema en el futuro. Los peces que más contaminantes acumulan son los que viven más tiempo y se alimentan de otros peces.

En España, una de las principales fuentes de contaminación por mercurio es la industria del cloro, que sigue utilizando, con el beneplácito de las administraciones, una tecnología del siglo XIX, obsoleta y peligrosa, y las centrales térmicas de carbón, que contaminan el aire, envenenan fuentes y manantiales y cuyas emisiones el gobierno no regula.

Ecologistas en Acción lleva varios años analizando muestras de aire y suelo en los alrededores de las fábricas de cloro y denunciando la impunidad con la que estas empresas siguen contaminando

http://www.ecologistasenaccion.org/

Publicado por Ecologistas en Acción el 6 de Julio, 2011, 22:13 | Comentar | Referencias (0)

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