Enero del 2008
Agrocombustibles: Pan para los coches y hambre para los pobres
Los agrocombustibles no son la solución al
cambio climático. De hecho forman parte del problema. Los que proclaman
“biocombustibles sí, pero no así,” buscando certificaciones “ecológicas
y sociales”, de buena conducta de este complejo económico
agro-bio-químico-petrolero, desvían la atención del problema principal
y animan al consumidor “compasivo y ecologista” a defender este nuevo
consumo sin hacerse las verdaderas preguntas.
Resumen: Los agrocombustibles no son la solución al cambio climático. De hecho forman parte del problema.
Los biocombustibles se elaboran por transformación de cultivos
alimentarios como maíz, trigo, girasol, soja, caña de azúcar, remolacha
y palma africana. Mezclados con gasolina y gasoil, tienen la vocación
de sustituirles debido al agotamiento del petróleo y la pérdida del
control de las reservas de petróleo y gas por parte de EEUU en
Venezuela, Bolivia y Oriente Medio. Se justifica su uso como un medio
para reducir el calentamiento global. Tanto la UE como el Estado
Español han fijado cuotas obligatorias de mezcla con gasolina y gasoil
(1). Sin embargo, está demostrado científicamente (2) que estos nuevos
combustibles procedentes de materias primas vegetales no van a resolver
el problema de las emisiones de CO2 y además, van a hipotecar, en los
países suministradores de estas materias primas, su capacidad de
producir alimentos para su propia población. De hecho ya están
contribuyendo a encarecer los alimentos básicos en todo el mundo,
aunque su influencia se considere irrelevante por parte de los
proveedores de estos nuevos combustibles (3)
Es más apropiado llamarles agrocombustibles por su origen agrario y por
la ausencia de límites ecológicos en su proceso de fabricación. La
producción de las materias primas para obtenerlos requiere de: a)
monocultivos a gran escala, en tierras robadas a los bosques y a los
campesinos de los países empobrecidos para su sustento; b) semillas
transgénicas, alto empleo de agua, fertilizantes y plaguicidas
químicos; c) condiciones de trabajo brutales en las plantaciones de
caña de azucar; c) su procesado en plantas industriales emplazadas
principalmente en los puertos europeos o norteamericanos. Es falso que
puedan producirse en pequeña escala y para el mercado local porque, en
términos económicos, es necesaria la gran producción y la distribución
mundial de las materias primas para hacer eficiente la producción del
combustible.
En los países ricos y altamente motorizados, los agrocombustibles
reducirán sólo en una pequeña parte, el combustible fósil que consumen
nuestros automóviles. Ese escaso objetivo, que lava la imagen de los
gobiernos, reconvertirá amplias superficies agrícolas y silvestres en
los países empobrecidos, en una nueva colonización para seguir
alimentando la desigualdad y el control sobre los recursos naturales y
los pueblos. Tras estas políticas gubernamentales de falsa economía
verde, las multinacionales petroleras, agroquímicas y biotecnológicas
consolidan su control sobre los recursos naturales, energéticos y
alimentarios. Estas aparentes “alternativas energéticas” ayudan a los
gobiernos a no enfrentarse con el verdadero problema: un modelo
económico y energético injusto e insostenible.
Los que proclaman “biocombustibles sí, pero no así,” buscando
certificaciones “ecológicas y sociales”, de buena conducta de este
complejo económico agro-bio-químico-petrolero, desvían la atención del
problema principal y animan al consumidor “compasivo y ecologista” a
defender este nuevo consumo sin hacerse las verdaderas preguntas.
Ninguna de las propuestas para reducir el calentamiento global y
aumentar la salud de la población, plantean desarrollar la agroecología
como un modelo de agricultura sostenible y poner límites al transporte
global de mercancías, en particular las mercancías agroalimentarias
industriales cuya conservación requiere un consumo energético extra,
además del uso de agroquímicos. Tampoco contemplan limitar el
crecimiento del parque automovilístico ni el uso del vehículo privado,
obviando los 10.000 muertos, lisiados y heridos graves en accidentes de
tráfico en el Estado Español. Derecha e izquierda capitalistas achacan
este genocidio a la mala conducta individual, mientras ocultan que,
esta accidentalidad, es mayor cuanto mayor es el parque automovilístico
y los desplazamientos cotidianos motorizados –250 accidentes cada cien
mil habitantes en España, frente a los 402 de Gran Bretaña o los 456 de
Alemania.
La extensión de la cultura motorizada no se pone en cuestión porque
ataca la cuenta de resultados de las multinacionales que viven del
automóvil. Se identifica el vehículo privado con el desarrollo
civilizatorio, la calidad de vida y la libertad individual, aunque los
hechos corroboren lo contrario. Entre la población adulta el automóvil
se ha convertido en instrumento incuestionable e imprescindible, aunque
eleve nuestro endeudamiento, nos mantenga atrapados en los atascos,
aumente los niveles de contaminación, siniestralidad y enfermedades
respiratorias (4) y fomenta un sedentarismo también enfermante.
El transporte a gran distancia es la base del mercado global. Éste a su
vez es considerado el motor del progreso económico, identificado con el
desarrollo social y la libertad individual. Con los agrocombustibles,
el mercado global roba primero las tierras a los campesinos y después
les deja sin recursos para vivir, obligándoles a emigrar como mano de
obra barata necesaria para la prosperidad del primer mundo. Nuestra
movilidad y consumo ilimitado ponen en juego la supervivencia de los
más pobres, enfrentados al encarecimiento de los alimentos de primera
necesidad al equipararse, en la economía global, el derecho a comer con
el derecho a llenar el depósito de los automóviles (5) .
Pilar Galindo, enero 2008, Grupos Autogestionados de Konsumo de Madrid
(1).- En la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de marzo de 2007,
la Unión Europea ha adoptado una directiva que fija para el 2010 el
horizonte para que los combustibles fósiles se mezclen en un 10% con
biocombustibles. Por su parte el Estado Español, en el Plan de Energías
Renovables establece, unas cuotas obligatorias en 2010 de mezcla del
5,75% para el bioetanol con la gasolina y para el biodiesel con gasoil.
(2).- Uno de los estudios empleados para cuestionar las cifras de la
industria de los biocumbustibles es Pimentel, D., T.W. Patzek , (2005):
“Ethanol Production Using Corn, Switchgrass, and Wood; Biodiesel,
Production Using Soybean and Sunflower”, Natural Resources Research,
14, pp. 65-76.
(3).- Ver nota de prensa de la Asociación de Productores de Energías
Renovables (APPA) de 18/9/07 publicada en agrodigital.com “Los
productores de biocarburantes niegan ser los causantes de la subida del
precio de los cereales y de los alimentos”
(4).- En España 3 de cada 4 habitantes viven en ciudades medias y
grandes. Cada año mueren 20000 personas y se calcula que se reduce la
esperanza de vida en dos años por habitar en ambientes urbanos
contaminados por CO2, oxido nitroso y partículas en suspensión
causadas, en su mayoría, por el humo de coches.
(5).- Para más información: Biodiversidad ; Campaña El timo de los agrocarburantes y Web de Rebelión. http://www.nodo50.org/caes/articulo.php?p=1111&more=1&c=1
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Por Pilar Galindo. Grupos Autogestionados de Konsumo (GAKs) de M - 27 de Enero, 2008, 12:41, Categoría: El Bicho
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Alertas por mercurio en pescado
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Este
sistema de alerta rápida se ha establecido en forma de red y esta
destinado a notificar los riesgos, directos o indirectos, para la salud
humana y que se deriven de los alimentos o de los piensos. Las
notificaciones de alertas se envían cuando el alimento o el pienso que
presenta el riesgo está en el mercado y se requiere una acción
inmediata.
Los Estados miembros han de tener sus propios
mecanismos para aislar y retirar del mercado los productos notificados
en una alerta, de forma que no puedan llegar a los consumidores,
incluyendo la publicación de información detallada en los medios de
comunicación, si fuese necesario.
Sigue la información: http://www.ecologistasenaccion.org/spip.php?article10274
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Por Ecologistas en Acción - 27 de Enero, 2008, 12:38, Categoría: El Bicho
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Las catedrales del consumo
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El desarrollo de las “ciudades del consumo” ha
transformado la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de
los ciudadanos. En cualquier lugar del planeta es posible encontrar,
con la misma arquitectura y distribución de espacios, grandes
superficies y macrocentros de comercio y ocio. Es la manifestación más
evidente de la globalización comercial. Por ello se considera que son
las “catedrales” de la nueva “religión del consumo” que se extiende por
todo el planeta.
Algunas
de las transformaciones de la sociedad de consumo les han podido pasar
inadvertidas a las personas que las han vivido. Pero existe un fenómeno
que, por su rápida y extensa implantación, nadie ha podido dejar de
advertir: la progresiva desaparición de las tiendas tradicionales y el
nacimiento de los nuevos centros comerciales. Si el autoservicio fue el
primer paso en la evolución de los sistemas de distribución y venta, el
desarrollo de las “ciudades de comercio y del ocio” es, junto con la
generalización del comercio electrónico, el último paso de esta
evolución. En España el primer hipermercado se puso en marcha en el año
1973 y en 1980 comenzó la implantación de los macrocentros que reúnen
en un mismo espacio, con unidad de servicios (aparcamientos,
vigilancia, zonas de paso, etc.), una amplia oferta que incluye grandes
superficies, tiendas de todo tipo, cines, oficinas bancarias,
restaurantes, etc. Desde entonces su expansión ha sido (y continúa
siendo) espectacular, y se han extendido por todo el mundo
transformando la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de
los ciudadanos.
Una nueva filosofía de vida: “comprar por comprar”
El desarrollo de estos macrocentros comerciales es el
producto de una profunda transformación del significado de la compra.
Para los economistas clásicos las personas tendrían necesidades que
cubrir (alimentación, vestido, salud, etc.) y recursos económicos
escasos. Por ello deberían buscar las mejores decisiones de compra para
obtener las cosas necesarias con los menores costes posibles.
Pero las estrategias comerciales y publicitarias han
transformado la emocionalidad y los valores de los consumidores
actuales, cuyos comportamientos resultan ya muy poco racionales. Pueden
recorrer kilómetros para ir a un hipermercado y ahorrarse unos céntimos
(sin tener en cuenta el tiempo y el dinero que gastan en su
desplazamiento) y acabar con un carro lleno de cosas superfluas,
compradas para aprovechar “magníficas oportunidades” de hacerse con
productos que nunca habrían pensado comprar, ni necesitan.
Los comerciantes saben que, cada vez con más
frecuencia, no son las necesidades las que impulsan a la compra, sino
que la compra es un fin en sí mismo. El consumidor necesita comprar,
aunque no necesite lo que compra. Si no fuera así, en las sociedades
desarrolladas, en que las personas tienen cada vez mas cubiertas sus
necesidades, llegaría un momento en que disminuiría sus compras. Pero
la realidad es que cuando esto debiera suceder, el consumidor busca o
asume continuamente las “nuevas necesidades” que la sociedad de consumo
le ofrece, y sigue comprando, incluso más cada día.
Estrategias comerciales de incitación al consumo
Para este nuevo consumidor no sirve el comercio
tradicional, en el que se entra en la tienda sabiendo lo que se
necesita y buscándolo. En los centros comerciales actuales el
consumidor entra sin una idea clara de lo quiere comprar o incluso sin
querer comprar nada. El deseo de comprar y la decisión de llevarlo a
cabo va a surgir dentro del establecimiento.
Por ello el comercio no es ya un espacio cerrado en el
que alguien pregunta, tras un mostrador “¿qué quiere Vd.?”. Esta
pregunta retraería a los consumidores que entran buscando ver algún
producto que les despierte el impulso de compra. Los comercios se han
convertido en un lugar de estancia, de paseo, de distracción, que se
juntan creando calles y galerías, artificiales pero acogedoras, en una
especie de intermedio calle/tienda por la que pueda pasear entre
bancos, plantas y árboles artificiales. En estas “calles” encontrará
tiendas pequeñas, medianas, grandes almacenes e hipermercados y también
cines, restaurantes y discotecas o lugares de ocio. La premisa es muy
sencilla: cuanto más tiempo pase una persona en estos centros y más
espacio de ellos recorra, más productos verá, más tentaciones recibirá
y, por lo tanto, más comprará.
Hay que señalar que la sensación de comprar en libertad
que ofrecen los actuales centros comerciales esconde unas posibilidades
de manipular y dirigir la conducta de los consumidores en beneficio de
los comerciantes como nunca antes había existido. Mediante la estudiada
organización y distribución de sus espacios, elementos y productos, así
como la preparación del entorno, se incita al consumidor a comprar y se
trata además de que esta compra se dirija a determinados artículos. Son
los “trucos de los comercios” de los que vamos a señalar algunos de los
más frecuentes en las grandes superficies:
Los
comerciantes cuidan hasta los más mínimos detalles de su
establecimiento: los colores, la iluminación e incluso la música
ambiental. Tratan así de atraer al consumidor y hacerle sentir en un
ambiente agradable y apropiado para el consumo. También la ausencia de
referencias exteriores de espacio y tiempo (no suele haber ni relojes
visibles ni ventanas) contribuyen a este efecto. Por otro lado, el
simple hecho de estar rodeado de personas que compran produce un
intenso efecto de imitación y contagio colectivo en la mayoría de los
consumidores.
Colocar
los artículos de primera necesidad y de venta más frecuente (pan,
leche, aceite, etc.) en lugares distantes entre sí, para que el
consumidor recorra largos espacios en el establecimiento.
Dirigir
el “flujo de la visita” del modo más amplio posible para que los
consumidores pasen por un mayor número de secciones y tengan mayores
tentaciones de compra. Para ello se colocan al fondo de los locales
determinados “cebos” y artículos de más demanda o se sitúan las
entradas y las salidas de los establecimientos distantes entre sí.
Los
artículos que se desean vender se colocan en los estantes intermedios,
a la altura de los ojos, para atraer la atención del consumidor. Los
artículos colocados en los lugares altos y bajos de las estanterías
difícilmente son vistos.
Se
colocan los productos que se desea vender junto a otros más caros (para
que parezcan baratos) o en una posición intermedia entre otros
extremadamente caros o baratos.
Los
establecimientos se distribuyen en pasillos largos, sin cortes y
relativamente estrechos, en los que es difícil dar la vuelta con el
carro, a menudo de grandes dimensiones, para estimular la compra. El
consumidor, una vez que entra en un pasillo con su carro, está obligado
a recorrerlo hasta el final, sin poder retroceder o desviarse.
Las
“cabeceras” de los lineales son lugares muy preferentes ya que para dar
la vuelta el consumidor debe disminuir la velocidad de su marcha y
prestar atención a lo que le rodea. Por eso es allí donde se colocan la
mayoría de las ofertas.
Colocar
atractivos carteles o reclamos que hacen referencia al precio o las
características del producto con grandes o llamativos caracteres. La
simple visión de estos anuncios de “falsas ofertas” tienta a muchos
consumidores, aunque desconozcan si se trata o no de una buena compra.
Al
lado de las cajas de pago se colocan artículos de capricho, puesto que
es fácil que al acabar todas las compras previstas, y mientras se está
haciendo fila para pagar, el consumidor compre por “impulso” este tipo
de productos.
La efectividad de todo este tipo de técnicas está
ampliamente contrastada. Como prueba de su éxito se puede señalar que
entre el 40 y el 70 por ciento de las decisiones de compra se toman
dentro de los centros comerciales y muchas de ellas se refieren a
productos que el consumidor no tenía previsto comprar cuando entró en
el establecimiento. Además, el 95 por ciento de los consumidores que
entran en una gran superficie sin una idea definida de lo que quieren
comprar o simplemente “para mirar”, terminan realizando alguna compra.
Efectos psicológicos y sociales de los nuevos establecimientos comerciales
Si antes los comercios se instalaban en las calles de
la ciudad, ahora las tiendas han creado sus propias calles: las
galerías se convierten en ciudades y construyen un nuevo mundo centrado
en el consumo. Son falsas ciudades pero imitan a las reales: es fácil
aparcar, se siente seguridad y todo está pensado para resultar acogedor
y seductor para propiciar la compra. El peligro de dejarse arrastrar
por esta seducción es evidente, sobre todo para los niños y jóvenes que
los eligen como lugares donde pasar la mayoría de sus ratos de ocio.
Sin pisar la calle, familias enteras pasan del aparcamiento de su casa
al del centro comercial, y una vez allí pasean, miran escaparates,
compran, van al cine o comen en un restaurante, y, así, sin salir de
este espacio cerrado, pasan mañanas y tardes enteras. Parece que el
ciudadano ha olvidado que han sido creados buscando en cada detalle
sólo aquello que pueda hacerlos más atractivos y rentables desde el
punto de vista comercial, es decir, más incitantes a la compra.
Ciertamente la gran atracción de estos macrocentros se
explica, en gran parte, por los aspectos negativos de las grandes
ciudades en las que a menudo lo único cercano y fácilmente accesible
son esos grandes centros, abiertos muchas horas, a los que se puede ir
sin avisar y en los que se aparca con facilidad. Las ciudades actuales
son cada vez más inhumanas y menos propicias para el contacto con otras
personas. Ver a amigos o familiares resulta en ellas mucho más difícil
e incómodo que acudir al centro comercial más cercano.
Pero el consumidor no es consciente de los efectos que
supone pasar una gran parte de su vida en esas “ciudades interiores”
creadas por el comercio. Permanecer horas y horas rodeados de
escaparates, tiendas y reclamos comerciales tiene una repercusión
intensa sobre cualquier persona. Consciente o inconscientemente se
acaba asumiendo una visión consumista de la vida, en la que la
felicidad y el éxito social depende de lo que uno compre, y en el que
no es posible divertirse sin gastar dinero.
La generalización del uso de estos macrocentros
comerciales como lugares de ocio acaba cerrando el abanico de intereses
no consumistas de las personas y de la sociedad. Muchos consumidores
afirman que van a estos centros porque allí “hay de todo”. Obviamente
no es verdad que “haya de todo”. Cada metro de estos lugares está
pensado en función de su rentabilidad económica, y por lo tanto dejan
fueran todo lo que no produce -directa o indirectamente- beneficio
económico. Será difícil encontrar en ellos, por ejemplo, exposiciones
de arte, bibliotecas, salas de conferencias o lugares de estancias o
encuentro social en los que no sea preciso consumir.
Otra triste consecuencia de lo anterior es que las
calles de las ciudades pierden su tradicional importancia como lugares
de estancia y encuentro y los ciudadanos las usan sólo como lugares de
paso (muchas veces en coche) entre las viviendas y los centros
comerciales. Encerrados en estas artificiales “ciudades” del comercio,
ignoran las ofertas de ocio y cultura no consumista que les pueda
ofrecer su ciudad y alejan las posibilidades de desarrollo urbano más
humano, en el que la vida y el contacto con otras personas suceda en
espacios abiertos y públicos.
No se ha reflexionado suficientemente sobre lo que
supone el triunfo de esas “ciudades interiores” creadas por el
comercio. Aunque la sensación de soledad, inseguridad y falta de
alicientes que siente el moderno “urbanita” encuentre alivio en ellos,
le arrastra a un estilo de vida materialista e insatisfactorio. El
auténtico progreso debería conducir a un desarrollo humano menos
superficial, más pleno y más sostenible.
Javier Garcés Prieto es psicólogo, profesor de
Psicología del Consumidor y presidente de la Asociación de Estudios
Psicológicos y Sociales. Este artículo ha sido publicado en el nº 29 de la revista Pueblos, diciembre de 2007.
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Por Javier Garcés Prieto - 27 de Enero, 2008, 12:30, Categoría: Consumo
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La distribución moderna: la invasión de los supermercados
Nuestros hábitos alimentarios y de consumo han sufrido, en los últimos
años, una profunda transformación. La aparición de los supermercados,
hipermercados, cadenas de descuento, autoservicios... (lo que se ha
venido en llamar distribución moderna) han contribuido a la
mercantilización del qué, el cómo y el dónde compramos supeditando la
alimentación, la agricultura y el consumo a la lógica del capital y del
mercado.
Un modelo depredador
Desde la apertura del primer supermercado en el Estado español en el
año 1957, este modelo de distribución y venta se ha ido generalizando,
especialmente a lo largo los años 80 y 90, llegando a ejercer a día de
hoy un monopolio absoluto de la distribución alimentaria. En la
actualidad, cinco grandes cadenas controlan la distribución de más de
la mitad de los alimentos que se compran en el Estado español sumando
un total del 55% de la cuota de mercado: Carrefour controla un 23,7% de
la cuota, Mercadona un 16%, Eroski un 7,4%, Alcampo un 6,1% y el Corte
Inglés un 2,3%. Además, si sumamos a éstos la distribución realizada
por las dos principales centrales de compra mayoristas (Euromadi e
IFA/1), llegamos a la conclusión de que solo siete empresas controlan
el 75% de la distribución de alimentos (García y G. Rivera, 2007).
Nunca el mercado de la distribución de alimentos había estado en tan
pocas manos, pero no solo eso. Más del 80% de la compra de alimentos se
realiza en supermercados, hipermercados... y el 55% de estas compras se
llevan a cabo en tan solo cinco grandes cadenas: Mercadona, Carrefour
(que incluye a Dia y Champion), Alcampo, Eroski y el Corte Inglés (que
incluye Open Cor) (García y G. Rivera, 2007). En consecuencia, el
consumidor cada vez tiene menos puertas de acceso a los alimentos y el
productor cada vez tiene menos opciones para llegar al consumidor. El
poder de venta a los consumidores y el poder de compra a los
distribuidores, por parte de unas pocas empresas, es total.
Esto es lo que se ha venido en llamar la teoría del embudo: millones de
consumidores por un lado y miles de campesinos por el otro y tan solo
unas pocas empresas controlan la cadena de distribución de alimentos. A
nivel europeo, por poner un ejemplo, se contabilizan unos 160 millones
de consumidores en un extremo de la cadena alimentaria y unos 3
millones de productores en el otro, en medio unas 110 centrales y
grupos de compra/2 monopolizan el sector (Vorley, 2003). Este modelo de
distribución moderna tiene graves consecuencias no solo en el
agricultor y en el consumidor, sino también en el lugar y en el modo de
trabajo, en el medio ambiente, en el comercio local, en el modelo de
consumo, en los países del Sur.
Agricultura industrial y alimentos viajeros
Como hemos señalado, el modelo de distribución moderna tiene graves
impactos en el agricultor. No en vano en los diez últimos años en el
Estado español han desaparecido casi diez explotaciones agrarias al día
y la población campesina activa se ha reducido al 5,6% del total. Con
estas cifras, en los próximos quince años, el Estado español tendrá
que importar el 80% de los alimentos necesarios para alimentar a su
población (Fundació Terra, 2006). Pero aquí no terminan las
consecuencias para el agricultor, en el año 2005 el Índice de Precios
al Consumo (IPC) de la alimentación subió un 4,2% sin embargo los
precios de venta de los productos agrícolas disminuyeron. Esto provocó
un descenso de la renta agraria en un 12%, llegándose a situar en un
65% de la renta general (García, 2007).
La distribución moderna determina un modelo de agricultura y de
campesinado donde las producciones familiares no tienen cabida, a la
vez que promueve una agricultura industrial, intensiva e insostenible.
La situación de monopolio ha llevado a que el agricultor cada vez cobre
menos por su producto y el consumidor pague más, siendo la gran
distribución quien se lleva la diferencia. De este modo, los precios en
origen de los productos agrícolas han llegado a multiplicarse hasta por
once en destino, existiendo una diferencia media de 390% entre el
precio en origen y el precio en destino (COAG, 2007). Se calcula que
más del 60% del beneficio final del precio del producto se concentra en
la distribución moderna.
Esta lógica de sometimiento del agricultor es extensible a otros
proveedores. La situación de monopolio de la distribución moderna le
permite establecer unas reglas comerciales que asfixian a sus
suministradores, quienes a su vez se ven obligados a autoexplotarse o a
explotar a sus trabajadores, siempre en busca de la maximización de los
beneficios, en una cadena de explotación de mayor a menor. La ganadora,
sin duda, es siempre la distribución moderna única vía de entrada al
consumidor.
La mercantilización de la agricultura conduce a una "deslocalización
alimentaria" sin precedentes con alimentos que recorren miles de
kilómetros antes de llegar a nuestras mesas y que conlleva graves
consecuencias medioambientales. Se calcula que en la actualidad, la
mayor parte de los alimentos viajan entre 2.500 y 4.000 kilómetros
antes de ser consumidos, un 25% más que en 1980. Nos encontramos antes
una situación totalmente insostenible donde, por ejemplo, la energía
utilizada para mandar unas lechugas de Almería a Holanda es tres veces
superior a la utilizada para cultivarlas (Fundació Terra, 2006).
Nuestra alimentación se basa en el consumo de alimentos cada vez más
lejanos con la consiguiente pérdida de información sobre el origen y el
modo de producción de los mismos. Según el estudio británico Eating
oil: food suply in a changing climate (Jones, 2001) una comida
dominical típica británica realizada con fresas de California, brócoli
de Guatemala, arándanos de Nueva Zelanda, ternera de Australia, patatas
de Italia, habichuelas de Tailandia y zanahorias de Sudáfrica genera
650 veces más emisiones de carbono, debido al transporte, que si la
misma comida hubiese sido realizada con alimentos cultivados
localmente. Una práctica irracional, ya que muchos de los alimentos
importados se producen localmente. Gran Bretaña importa grandes
cantidades de leche, cerdo, cordero y otros productos básicos, a pesar
de que exporta cantidades similares de los mismos (Halweil, 2003).
Pero los alimentos viajeros no solo conllevan una contaminación
medioambiental creciente, sino que inducen a la uniformización y
estandarización productiva. Por poner un ejemplo, si hasta hace pocos
años en determinadas regiones de Europa existían hasta centenares de
variedades distintas de manzanas, hoy en día en un supermercado tan
solo se podrán encontrar como mucho diez variedades en todo el año.
Esto ha conducido al abandono del cultivo de variedades autóctonas en
favor de aquellas que tienen una mayor demanda por parte de la gran
distribución, por sus características de color, tamaño, etc. Una
situación que se podría aplicar a muchos otros alimentos como el maíz,
el tomate, la patata... donde el criterio mercantil y productivo ha
primado por encima del ecológico y sostenible. La aparente diversidad
publicitada por los supermercados no es nada más que una ficción.
Trabajadores en precario
Pero este modelo de distribución comercial moderna conlleva también
consecuencias negativas para quienes forman parte de su plantilla
laboral. Los trabajadores de estos centros comerciales están sometidos
a una estricta organización laboral neotaylorista caracterizada por
ritmos de trabajo intensos, tareas repetitivas y rutinarias y con poca
autonomía de decisión. Una situación que comporta la aparición de
agotamiento, estrés y enfermedades laborales propias del sector como
dolores crónicos de espalda y cervicales (Barranco, 2007).
En lo que respecta a las condiciones contractuales, priman las tablas
salariales bajas y se introduce la "flexibilidad numérica" que permite
a la empresa contar con un grupo de trabajadores temporales, con
jornadas flexibles, que son utilizados para ajustar el número de
personal a cada momento de la producción. Estas jornadas y horarios
atípicos generan en los trabajadores afectados serias dificultades para
conciliar su vida laboral con la social y familiar perdiendo incluso el
control sobre su tiempo de "no trabajo" al no contar con un horario
estable (Barranco, 2007).
Además, en estos centros se lleva a cabo una política anti-sindical,
intentándose evitar la creación de sindicatos de trabajadores a través
de prácticas ilegales, dificultando el derecho a reunión, presionando
psicológicamente a los trabajadores que están en las listas sindicales,
discriminando laboralmente a quienes son sindicalistas o a través de la
creación de sindicatos amarillos controlados por la patronal y que
tiene por objetivo evitar la creación de sindicatos de trabajadores.
Una de las cadenas de distribución moderna que suma más abusos
laborales a nivel mundial es Wal-Mart, el gigante del sector y la
multinacional con un mayor número de trabajadores en todo el mundo.
Wal-Mart tiene una política de gestión de la mano de obra basada en el
pago de salarios muy bajos (un 20% inferiores a la media en el sector
en Estados Unidos), y una feroz estrategia antisindical que ha
conseguido abortar virtualmente casi todos los intentos de
sindicalización en sus establecimientos en América del Norte (Antentas,
2007).
Adiós al comercio local
Desde los años 80 y en contraposición al auge de la distribución
moderna, el comercio tradicional de alimentos ha sufrido una erosión
constante e imparable llegando a ser a día de hoy casi residual. Si en
el año 1998 existían en el Estado español 95 mil tiendas, en el 2004
esta cifra se había reducido a 25 mil (García y G. Rivera, 2007).
Algunos estudios han analizado el impacto de la distribución moderna en
el ámbito local. Tomando el caso de Wal-Mart, en 1997, la Iowa State
University hizo público un informe donde evidenciaba el impacto de este
gigante de la distribución en la región. En un período de doce años
habían cerrado el 50% de las tiendas de venta al detalle (50% tiendas
de ropa, 42% de variedades y 30% de informática). En la misma línea, un
estudio de Neumark et al (2007) concluía que por cada puesto de trabajo
creado por Wal-Mart en un municipio se destruían 1,5 puestos de trabajo
en los negocios preexistentes.
Hay que tener en cuenta que el pequeño comercio forma parte de la
economía y de la comunidad local y contribuye a reforzarla. En este
sentido, un trabajo realizado por Friends of the Earth (La Trobe, 2002)
afirmaba que un 50% de las ganancias de estos establecimientos
retornaban a la comunidad, normalmente a través de la compra de
productos locales, salarios de los trabajadores y dinero gastado en
otros negocios, mientras que los supermercados retornaban tan solo un
escuálido 5%.
Otro de los impactos de la gran distribución en las comunidades tiene
que ver con la accesibilidad. La creciente desaparición del pequeño
comercio ha generado problemas de acceso a los alimentos por parte de
aquellos sectores con menores recursos económicos, gente mayor y
quienes no tienen coche. La generalización de grandes centros
comerciales en las afueras de las ciudades y el consiguiente cierre de
comercios locales (especialmente evidente en los países anglosajones)
ha hecho que aquellos que no tenían disponibilidad de transporte
privado o con dificultades de movilidad hayan quedado al margen del
sistema de distribución de alimentos. Un estudio de Friends of the
Earth (2005) sobre los hábitos de compra en Gran Bretaña señalaba que
había una mayor inclinación a la compra de alimentos en pequeños
establecimientos en zonas urbanas con menores ingresos económicos. En
consecuencia, cuando éstos cerraban eran, precisamente, las poblaciones
más desfavorecidas quienes se quedaban sin medios para acceder a los
alimentos.
Esta situación ha contribuido a la aparición de los llamados "desiertos
alimentarios", zonas urbanas con crecientes dificultades para acceder a
alimentos frescos y saludables, especialmente en áreas urbanas
empobrecidas, donde la desaparición del pequeño comercio local ha
dejado sin abastecimiento a las poblaciones locales. Según señalaba el
periódico británico The Observer (26/08/2007), cuatro millones de
personas en Gran Bretaña, especialmente entre las familias más pobres,
no pueden acceder a una dieta saludable.
Más allá del cierre de comercios locales, otro de los impactos de la
generalización de las grandes superficies se da a nivel medioambiental,
no solo por la creciente comercialización de alimentos producidos a
miles de kilómetros de distancia de donde son vendidos y consumidos
(con el consiguiente uso del transporte aéreo y de emisiones de gas de
efecto invernadero) sino por el aumento del uso del coche para llegar a
estas grandes superficies. Según el gobierno británico (The Observer,
26/08/2007), uno de cada diez viajes en coche en el Reino Unido son
realizados para ir a comprar comida con el consiguiente coste en
emisiones de dióxido de carbono, problemas de tráfico, ruidos,
accidentes y embotellamientos.
Además, hay que tener en cuenta el excesivo uso del packaging por parte
de estas cadenas. Los envases y embalajes constituyen una cuarta parte
de la basura doméstica y un 70% de los mismos está relacionado con el
embalaje de los alimentos (INCPEN, 2001). Las políticas de envasado
impuestas por los supermercados son responsables de esta situación con
unas normativas inflexibles que apuestan por el uso sistemático del
empaquetado. Un estudio realizado en Austria permitió observar que los
compradores que acudían a cooperativas de consumo generaban un 75%
menos de residuos que los que compraban en supermercados (Erzeuger
Verbraucher Initiative, 1992).
Lavarse la cara
Frente a los impactos negativos que les son atribuidos, la distribución
moderna diseña una estrategia de lavado de imagen con tintes verdes y
solidarios. Es así como en los últimos años han proliferado en los
estantes de sus establecimientos productos ecológicos y de comercio
justo. Una estrategia que ha despertado las críticas de un sector del
movimiento por un comercio justo y del consumo ecológico.
En el Estado español cadenas comerciales como Carrefour, Alcampo y
Eroski son algunas de las grandes distribuidoras que más esfuerzos han
dedicado a dotarse de una imagen "equitativa y responsable" a partir
de la comercialización de productos de comercio justo y ecológicos.
Pero a pesar de la introducción de estos productos en sus lineales, las
prácticas comerciales de estas cadenas no han cambiado. El comercio
justo y ecológico es utilizado como un instrumento de limpieza de
imagen, tras el cual se esconden graves impactos en el medio ambiente,
en la comunidad, en los derechos de los trabajadores, en el comercio
local, etc (Vivas, 2007).
La mayoría de las grandes cadenas de distribución cuentan con
fundaciones propias o se integran en otras impulsadas desde el sector
empresarial, con el objetivo de promover una imagen "socialmente
responsable". El gigante de la gran distribución, Wal-Mart, cuenta con
la Wal-Mart Foundation, desde donde financia, prioritariamente,
actividades en el ámbito local. Casualmente es en este ámbito donde su
imagen está más deteriorada, debido a unas prácticas antisindicales y
desleales en la fijación de los precios de los productos que acaban con
el pequeño comercio y precarizan la mano de obra.
En la misma línea podríamos citar el ejemplo de otras grandes cadenas
como
Carrefour con la Fundación Solidaria Carrefour-Norte o Alcampo que no
cuenta con una fundación propia pero forma parte de la Fundación
Empresa y Sociedad, a la que pertenecen otras multinacionales de
brillante expediente "solidario" como BBVA, Nike, Novartis, Telefónica,
Iberdrola, Inditex, La Caixa, El Corte Inglés, Sol Melià, Repsol YPF y
Unión Fenosa, por citar sólo algunas.
Control gubernamental
Frente al impacto negativo de la distribución moderna en distintos
ámbitos y el aumento de la presión ciudadana, especialmente
significativa en el mundo anglosajón, algunos países de la Unión
Europea han empezado a introducir leyes para legislar el sector:
regulación de las relaciones entre el productor y el distribuidor,
prohibición de la venta por debajo del precio de coste, acabar con la
dependencia en las relaciones comerciales, etc.
En el Reino Unido, la Comisión de la Competencia llevó a cabo una
investigación exhaustiva sobre las prácticas de los supermercados en la
venta al detalle y la compra a sus proveedores que fue publicado en el
año 2000. El Informe concluía con un listado de un total de 52
prácticas consideradas anti-competitivas entre éstos y sus proveedores
e instaba a que los cuatro principales supermercados del Reino Unido
cumpliesen con un Código de Prácticas en sus relaciones con los
proveedores (AAVV, 2007). Con la creciente concentración del mercado
por parte de la distribución moderna, la Comisión de Competencia lanzó
una segunda investigación en el año 2006 que concluirá en el 2008.
En Francia, con el objetivo de poner freno a la dependencia del
proveedor respecto a la distribución moderna, se aprobó, en los años
1996 y 2005, la Ley Galland y la Ley Dutreil respectivamente. Ambas
establecían la prohibición de vender por debajo del precio de coste de
producción y la segunda prohibía los pagos a posteriori y las tarifas
de "coste de servicios" que la distribución moderna imponía a los
proveedores. La Ley Dutreil establecía también que los contratos entre
distribuidor y proveedor tenían que contener los precios fijados sin
descuentos escondidos. En Alemania, en junio del 2005, la legislación
sobre la competencia fue reformada para asegurar que las grandes
distribuidoras no utilizaban su poder de mercado para exigir
condiciones especiales a sus proveedores (AAVV, 2007). Estas
iniciativas, aunque limitadas, ponen de relieve la creciente
preocupación sobre el monopolio de la distribución moderna y su poder
de negociación y de control del mercado.
La neocolonización del Sur
Hemos visto los impactos negativos de la distribución moderna en muchos
y diversos ámbitos, la estrategia de ésta para hacer frente a las
críticas y los intentos, limitados, de control por parte de los
estados, pero la voracidad de la gran distribución no tiene límites.
Con la saturación de los mercados en el norte y una creciente clase
media en el Sur, la distribución moderna mira hacia nuevas cuotas de
mercado.
Países de Asia, América Latina y África, especialmente India y China,
se han convertido en nuevos objetivos estratégicos. Se trata de
mercados vírgenes donde la mayoría de la población se abastece en los
mercados locales y prácticamente no existe un comercio al menor
organizado y tecnificado. En la India, por ejemplo, el 95% del mercado
al detalle se encuentra en manos de pequeños negocios familiares, sin
acceso a la tecnología digital, y éstos suman un total de ventas de
unos 250 mil millones de dólares (Poston, 2006). Los beneficios
potenciales en estos continentes son enormes.
Como señalaba el informe de la FAO El estado de la inseguridad
alimentaria en el mundo 2004, América Latina y Asia han sido las
regiones del planeta que han experimentado una mayor inversión por
parte de las corporaciones alimentarias multinacionales. De 1988 a
1997, las ventas de alimentos a través de los supermercados se duplicó
con creces tanto en América Latina como en Asia oriental y
sur-oriental. En los países más grandes y ricos de América Latina, la
cuota de ventas de los supermercados pasó de un 15%-20% en 1990 al 60%
en el 2000. En Asia, el auge de los supermercados empezó más tarde,
pero despegó de forma todavía más rápida. En tan solo dos años, de 1999
al 2001, la proporción de alimentos elaborados y envasados vendidos por
los supermercados en las zonas urbanas de China aumentó en más del 50%.
En tan solo veinte años, de 1980 al 2001, las cinco cadenas de
supermercados más grandes del mundo ampliaron el número de países en
que operaban en al menos un 270%. En la actualidad, las cadenas más
grandes controlan del 65 al 95% de las ventas que se realizan en los
supermercados en América Latina (FAO, 2004).
El rápido aumento y la creciente concentración de los supermercados
tienen profundas repercusiones en la seguridad alimentaria y en el
bienestar nutricional de las personas situadas en ambos extremos de la
cadena, desde los agricultores que deben adaptarse a los requisitos y
normas impuestas por unos mercados en continua evolución hasta los
consumidores de las zonas urbanas que cada vez dependen más de los
alimentos distribuidos por estas cadenas (FAO, 2004).
Pero algunos de estos países no se lo están poniendo fácil. Éste es el
caso de la India con políticas tradicionalmente proteccionistas en
materia de comercio al detalle, aunque recientemente el gobierno indio
parece haber llevado a cabo una cierta apertura del mercado a los
inversionistas extranjeros permitiendo que empresas de otros países y
de una sola marca (Mc Donalds, Marks & Spencer, Ikea...) posean el
51% de algunos negocios.
Sin embargo las multinacionales de la distribución moderna se
encuentran con una legislación adversa para establecerse en la región.
Como afirmaba el ministro de comercio e industria indio, Kamal Nath:
"permitir la entrada a los grandes grupos internacionales multimarca
como el estadounidense Wal-Mart, el británico Tesco y el francés
Carrefour sería ir demasiado lejos (...) Necesitamos encontrar un
modelo que no desplace a nuestros vendedores minoristas existentes"
(Poston, 2006). De todos modos, estas cadenas optan por negociar con
grandes conglomerados de la distribución minorista india para poder
acceder a los mercados internos.
Algunas alternativas
Pero frente a este modelo comercial, ¿qué alternativas se plantean? En
primer lugar, es necesario llevar a cabo un consumo responsable y
consumir en función de lo que realmente necesitamos. La lógica del
sistema capitalista se basa en la producción generalizada de mercancías
y para que estas mercancías sean vendidas desarrolla un modelo
consumista que parte de la creación artificial de necesidades y la
obsolescencia planificada de los productos. Cada vez consideramos que
para ser felices debemos de consumir más. Pero si todo el mundo
consumiese como un ciudadano estadounidense serían necesarios cinco
planetas tierra para satisfacer las necesidades de consumo de la
población mundial (Tello, 2004). Se trata de un modelo totalmente
insostenible.
En segundo lugar, podemos encontrar alternativas a la compra en grandes
cadenas de distribución a través de los circuitos cortos y de
proximidad: tiendas de barrio, mercados, colmados. Se trata de un
modelo comercial enraizado en el territorio y la comunidad, que
fortalece el tejido social barrial y aporta recursos económicos al
mismo, si bien es importante no caer en idealizaciones simplificadas
sobre el pequeño comercio como a veces se hace. Es necesario informarse
de donde provienen los productos y alimentos que allí se distribuyen,
cómo se han fabricado, cuáles son las condiciones laborales de los
empleados... e instar a los comerciantes a promover la producción local
y del entorno y el empleo digno.
En tercer lugar es fundamental la acción política. En el ámbito del
consumo podemos participar en cooperativas de consumidores de productos
ecológicos que funcionan, habitualmente, a nivel barrial y que a partir
de un trabajo autogestionado establecen relaciones de compra directas
con los productores ecológicos de su entorno con el objetivo de llevar
a cabo un consumo ecológico, solidario y de apoyo al campesinado local.
En cuarto lugar es necesario que esta acción política trascienda el
ámbito del consumo y que rompamos el mito de que nuestras acciones
individuales, por sí mismas, generarán cambios estructurales. En este
sentido, es fundamental una acción política colectiva dirigida a
conseguir cambios reales en las instituciones políticas y económicas en
dirección a un nuevo modelo de desarrollo y crecimiento sostenible
social y ecológicamente. Un consumo responsable sólo será posible en un
contexto más amplio de transformación social, política y económica y
para conseguirlo es fundamental la creación de espacios de resistencia,
de transformación y de acción política colectiva.
Notas
1/Quienes tienen el mismo efecto final sobre los productores que las
cadenas de distribución.
2/Las centrales y grupos de compra son las empresas que negocian
directamente con el productor/proveedor. En general, los grandes grupos
de distribución tienen sus propias centrales, otros grupos se asocian
con otras empresas y crean nuevas centrales y una parte importante de
los minoristas organizan sus compras en una central. El poder de compra
de éstas depende de su tamaño, cuando más grandes mayor poder de
negociación.
Bibliografía
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Tello, E. (2004) Viure bé sense fer malbé en:
http://ecoauditories.ecologistes.net/educacio/petjada/articles/art03.pdf
Vivas, E. (2007) "Comercio justo: ¿al servicio de las grandes
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Barcelona, Icaria editorial, pp. 113-126.
Vorley, B. (2003) Food Inc. corporate concentration from farm to
consumer, Londres, UK Food Group.
*Artículo publicado en Viento Sur, nº 94 (http://www.vientosur.info).
** Esther Vivas es coautora del libro Supermercados, no gracias (Icaria editorial, 2007).
|
Por Esther Vivas - 27 de Enero, 2008, 12:22, Categoría: Consumo
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Telepizza y sus condiciones de trabajo
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Hola a todos los que lean esto.
Hace unos 15 minos por pura casualidad había
encontrado esta página web, en la que ví una carta de parte de Tamara, que
contaba su experiencia de trabajo en un Telepizza, y decía que no comprendía por
qué había tantas quejas de la gente que estaba en puestos similares en la misma
cadena.
Me gustaría felicitar a Tamara, ya que, por
lo visto, ha tenido una suerte increible al encontrar un puesto a su gusto. Y
también decirle, que si la gente se queja, por algo será.
Trabajo en un Telepizza desde hace tres años.
No tenemos chicas de limpieza (se supone que tenemos mucho tiempo para hacerlo
las pizzeras), toda la tienda se limpia una vez al día, por la noche (cuando ya
estamos cerrando y no hay tiempo ni ganas de aplicarse mucho en la limpieza), se
nos paga cuando al jefe le dé la gana, y si pides la paga antes, te da
largas; las horas extra......¿acaso se paga eso?(al pedirle explicaciones al
jefe, empieza a contarte un cuento, te lias a los tres minutos, y aunque
insistas, no te da más de lo que considera extrictamente necesario). Por
supuesto que hay una completa flexibilidad de los horarios, pero entre semana;
los fines de semana no hay quien se libre de trabajar, aunque estés malo. Ah, y
si cerramos a la 1, se cogen los pedidos hasta menos 10 (teniendo en cuenta de
que a la 1 ya lo tenemos que tener todo limio e irnos a casa, no existe tiempo
dedicado solo a la limpieza), y casi todos los días salimos 20-30 minutos tarde,
que luego no se cuentan como horas trabajadas.
Lo de la higiene personal, es bastante
subjetivo, es decir, si consideras que tienes que ser buena persona y hacer
las pizzas bien, te lavas las manos, sino, nadie te obliga.
Las personas con las que trabajo actualmente,
me caen muy bien, y ahora hay buen rollo, pero hace un año aquello era
inaguantable (básicamente, el jefe contrataba a todos que pedían trabajo, (ya
que no había muchos y siempre se necesita gente) sin pensar en que a lo mejor,
le estropearía el ambiente en el trabajo.
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Por Lyudmila Malanina - 27 de Enero, 2008, 12:08, Categoría: El Bicho
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¿Qué es la dieta mediterránea?
Los patrones alimentarios de hoy no se derivan
de nuestro clima, nuestra producción agroalimentaria y nuestra cultura
gastronómica, sino de las campañas televisivas de las multinacionales.
Esta presión cultural nos ha forzado a abandonar una dieta saludable,
imponiéndonos formas de alimentación sólo beneficiosas para las grandes
empresas de producción y distribución alimentaria.
|
Por x Pilar Galindo, Grupos Autogestionados de Konsumo - 1 de Enero, 2008, 20:28, Categoría: Nutrición
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