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Enero del 2008


Agrocombustibles: Pan para los coches y hambre para los pobres

Los agrocombustibles no son la solución al cambio climático. De hecho forman parte del problema. Los que proclaman “biocombustibles sí, pero no así,” buscando certificaciones “ecológicas y sociales”, de buena conducta de este complejo económico agro-bio-químico-petrolero, desvían la atención del problema principal y animan al consumidor “compasivo y ecologista” a defender este nuevo consumo sin hacerse las verdaderas preguntas.
Resumen: Los agrocombustibles no son la solución al cambio climático. De hecho forman parte del problema.

Los biocombustibles se elaboran por transformación de cultivos alimentarios como maíz, trigo, girasol, soja, caña de azúcar, remolacha y palma africana. Mezclados con gasolina y gasoil, tienen la vocación de sustituirles debido al agotamiento del petróleo y la pérdida del control de las reservas de petróleo y gas por parte de EEUU en Venezuela, Bolivia y Oriente Medio. Se justifica su uso como un medio para reducir el calentamiento global. Tanto la UE como el Estado Español han fijado cuotas obligatorias de mezcla con gasolina y gasoil (1). Sin embargo, está demostrado científicamente (2) que estos nuevos combustibles procedentes de materias primas vegetales no van a resolver el problema de las emisiones de CO2 y además, van a hipotecar, en los países suministradores de estas materias primas, su capacidad de producir alimentos para su propia población. De hecho ya están contribuyendo a encarecer los alimentos básicos en todo el mundo, aunque su influencia se considere irrelevante por parte de los proveedores de estos nuevos combustibles (3)
Es más apropiado llamarles agrocombustibles por su origen agrario y por la ausencia de límites ecológicos en su proceso de fabricación. La producción de las materias primas para obtenerlos requiere de: a) monocultivos a gran escala, en tierras robadas a los bosques y a los campesinos de los países empobrecidos para su sustento; b) semillas transgénicas, alto empleo de agua, fertilizantes y plaguicidas químicos; c) condiciones de trabajo brutales en las plantaciones de caña de azucar; c) su procesado en plantas industriales emplazadas principalmente en los puertos europeos o norteamericanos. Es falso que puedan producirse en pequeña escala y para el mercado local porque, en términos económicos, es necesaria la gran producción y la distribución mundial de las materias primas para hacer eficiente la producción del combustible.
En los países ricos y altamente motorizados, los agrocombustibles reducirán sólo en una pequeña parte, el combustible fósil que consumen nuestros automóviles. Ese escaso objetivo, que lava la imagen de los gobiernos, reconvertirá amplias superficies agrícolas y silvestres en los países empobrecidos, en una nueva colonización para seguir alimentando la desigualdad y el control sobre los recursos naturales y los pueblos. Tras estas políticas gubernamentales de falsa economía verde, las multinacionales petroleras, agroquímicas y biotecnológicas consolidan su control sobre los recursos naturales, energéticos y alimentarios. Estas aparentes “alternativas energéticas” ayudan a los gobiernos a no enfrentarse con el verdadero problema: un modelo económico y energético injusto e insostenible.
Los que proclaman “biocombustibles sí, pero no así,” buscando certificaciones “ecológicas y sociales”, de buena conducta de este complejo económico agro-bio-químico-petrolero, desvían la atención del problema principal y animan al consumidor “compasivo y ecologista” a defender este nuevo consumo sin hacerse las verdaderas preguntas.
Ninguna de las propuestas para reducir el calentamiento global y aumentar la salud de la población, plantean desarrollar la agroecología como un modelo de agricultura sostenible y poner límites al transporte global de mercancías, en particular las mercancías agroalimentarias industriales cuya conservación requiere un consumo energético extra, además del uso de agroquímicos. Tampoco contemplan limitar el crecimiento del parque automovilístico ni el uso del vehículo privado, obviando los 10.000 muertos, lisiados y heridos graves en accidentes de tráfico en el Estado Español. Derecha e izquierda capitalistas achacan este genocidio a la mala conducta individual, mientras ocultan que, esta accidentalidad, es mayor cuanto mayor es el parque automovilístico y los desplazamientos cotidianos motorizados –250 accidentes cada cien mil habitantes en España, frente a los 402 de Gran Bretaña o los 456 de Alemania.

La extensión de la cultura motorizada no se pone en cuestión porque ataca la cuenta de resultados de las multinacionales que viven del automóvil. Se identifica el vehículo privado con el desarrollo civilizatorio, la calidad de vida y la libertad individual, aunque los hechos corroboren lo contrario. Entre la población adulta el automóvil se ha convertido en instrumento incuestionable e imprescindible, aunque eleve nuestro endeudamiento, nos mantenga atrapados en los atascos, aumente los niveles de contaminación, siniestralidad y enfermedades respiratorias (4) y fomenta un sedentarismo también enfermante.
El transporte a gran distancia es la base del mercado global. Éste a su vez es considerado el motor del progreso económico, identificado con el desarrollo social y la libertad individual. Con los agrocombustibles, el mercado global roba primero las tierras a los campesinos y después les deja sin recursos para vivir, obligándoles a emigrar como mano de obra barata necesaria para la prosperidad del primer mundo. Nuestra movilidad y consumo ilimitado ponen en juego la supervivencia de los más pobres, enfrentados al encarecimiento de los alimentos de primera necesidad al equipararse, en la economía global, el derecho a comer con el derecho a llenar el depósito de los automóviles (5) .

Pilar Galindo, enero 2008, Grupos Autogestionados de Konsumo de Madrid


(1).- En la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de marzo de 2007, la Unión Europea ha adoptado una directiva que fija para el 2010 el horizonte para que los combustibles fósiles se mezclen en un 10% con biocombustibles. Por su parte el Estado Español, en el Plan de Energías Renovables establece, unas cuotas obligatorias en 2010 de mezcla del 5,75% para el bioetanol con la gasolina y para el biodiesel con gasoil.
(2).- Uno de los estudios empleados para cuestionar las cifras de la industria de los biocumbustibles es Pimentel, D., T.W. Patzek , (2005): “Ethanol Production Using Corn, Switchgrass, and Wood; Biodiesel, Production Using Soybean and Sunflower”, Natural Resources Research, 14, pp. 65-76.
(3).- Ver nota de prensa de la Asociación de Productores de Energías Renovables (APPA) de 18/9/07 publicada en agrodigital.com “Los productores de biocarburantes niegan ser los causantes de la subida del precio de los cereales y de los alimentos”
(4).- En España 3 de cada 4 habitantes viven en ciudades medias y grandes. Cada año mueren 20000 personas y se calcula que se reduce la esperanza de vida en dos años por habitar en ambientes urbanos contaminados por CO2, oxido nitroso y partículas en suspensión causadas, en su mayoría, por el humo de coches.
(5).- Para más información: Biodiversidad ; Campaña El timo de los agrocarburantes y Web de Rebelión.
http://www.nodo50.org/caes/articulo.php?p=1111&more=1&c=1

Por Pilar Galindo. Grupos Autogestionados de Konsumo (GAKs) de M - 27 de Enero, 2008, 12:41, Categoría: El Bicho
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Alertas por mercurio en pescado

Este sistema de alerta rápida se ha establecido en forma de red y esta destinado a notificar los riesgos, directos o indirectos, para la salud humana y que se deriven de los alimentos o de los piensos. Las notificaciones de alertas se envían cuando el alimento o el pienso que presenta el riesgo está en el mercado y se requiere una acción inmediata.

Los Estados miembros han de tener sus propios mecanismos para aislar y retirar del mercado los productos notificados en una alerta, de forma que no puedan llegar a los consumidores, incluyendo la publicación de información detallada en los medios de comunicación, si fuese necesario.

Sigue la información:
http://www.ecologistasenaccion.org/spip.php?article10274


Por Ecologistas en Acción - 27 de Enero, 2008, 12:38, Categoría: El Bicho
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Las catedrales del consumo

El desarrollo de las “ciudades del consumo” ha transformado la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos. En cualquier lugar del planeta es posible encontrar, con la misma arquitectura y distribución de espacios, grandes superficies y macrocentros de comercio y ocio. Es la manifestación más evidente de la globalización comercial. Por ello se considera que son las “catedrales” de la nueva “religión del consumo” que se extiende por todo el planeta.

Algunas de las transformaciones de la sociedad de consumo les han podido pasar inadvertidas a las personas que las han vivido. Pero existe un fenómeno que, por su rápida y extensa implantación, nadie ha podido dejar de advertir: la progresiva desaparición de las tiendas tradicionales y el nacimiento de los nuevos centros comerciales. Si el autoservicio fue el primer paso en la evolución de los sistemas de distribución y venta, el desarrollo de las “ciudades de comercio y del ocio” es, junto con la generalización del comercio electrónico, el último paso de esta evolución. En España el primer hipermercado se puso en marcha en el año 1973 y en 1980 comenzó la implantación de los macrocentros que reúnen en un mismo espacio, con unidad de servicios (aparcamientos, vigilancia, zonas de paso, etc.), una amplia oferta que incluye grandes superficies, tiendas de todo tipo, cines, oficinas bancarias, restaurantes, etc. Desde entonces su expansión ha sido (y continúa siendo) espectacular, y se han extendido por todo el mundo transformando la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos.

Una nueva filosofía de vida: “comprar por comprar”

El desarrollo de estos macrocentros comerciales es el producto de una profunda transformación del significado de la compra. Para los economistas clásicos las personas tendrían necesidades que cubrir (alimentación, vestido, salud, etc.) y recursos económicos escasos. Por ello deberían buscar las mejores decisiones de compra para obtener las cosas necesarias con los menores costes posibles.

Pero las estrategias comerciales y publicitarias han transformado la emocionalidad y los valores de los consumidores actuales, cuyos comportamientos resultan ya muy poco racionales. Pueden recorrer kilómetros para ir a un hipermercado y ahorrarse unos céntimos (sin tener en cuenta el tiempo y el dinero que gastan en su desplazamiento) y acabar con un carro lleno de cosas superfluas, compradas para aprovechar “magníficas oportunidades” de hacerse con productos que nunca habrían pensado comprar, ni necesitan.

Los comerciantes saben que, cada vez con más frecuencia, no son las necesidades las que impulsan a la compra, sino que la compra es un fin en sí mismo. El consumidor necesita comprar, aunque no necesite lo que compra. Si no fuera así, en las sociedades desarrolladas, en que las personas tienen cada vez mas cubiertas sus necesidades, llegaría un momento en que disminuiría sus compras. Pero la realidad es que cuando esto debiera suceder, el consumidor busca o asume continuamente las “nuevas necesidades” que la sociedad de consumo le ofrece, y sigue comprando, incluso más cada día.

Estrategias comerciales de incitación al consumo

Para este nuevo consumidor no sirve el comercio tradicional, en el que se entra en la tienda sabiendo lo que se necesita y buscándolo. En los centros comerciales actuales el consumidor entra sin una idea clara de lo quiere comprar o incluso sin querer comprar nada. El deseo de comprar y la decisión de llevarlo a cabo va a surgir dentro del establecimiento.

Por ello el comercio no es ya un espacio cerrado en el que alguien pregunta, tras un mostrador “¿qué quiere Vd.?”. Esta pregunta retraería a los consumidores que entran buscando ver algún producto que les despierte el impulso de compra. Los comercios se han convertido en un lugar de estancia, de paseo, de distracción, que se juntan creando calles y galerías, artificiales pero acogedoras, en una especie de intermedio calle/tienda por la que pueda pasear entre bancos, plantas y árboles artificiales. En estas “calles” encontrará tiendas pequeñas, medianas, grandes almacenes e hipermercados y también cines, restaurantes y discotecas o lugares de ocio. La premisa es muy sencilla: cuanto más tiempo pase una persona en estos centros y más espacio de ellos recorra, más productos verá, más tentaciones recibirá y, por lo tanto, más comprará.

Hay que señalar que la sensación de comprar en libertad que ofrecen los actuales centros comerciales esconde unas posibilidades de manipular y dirigir la conducta de los consumidores en beneficio de los comerciantes como nunca antes había existido. Mediante la estudiada organización y distribución de sus espacios, elementos y productos, así como la preparación del entorno, se incita al consumidor a comprar y se trata además de que esta compra se dirija a determinados artículos. Son los “trucos de los comercios” de los que vamos a señalar algunos de los más frecuentes en las grandes superficies:

- Los comerciantes cuidan hasta los más mínimos detalles de su establecimiento: los colores, la iluminación e incluso la música ambiental. Tratan así de atraer al consumidor y hacerle sentir en un ambiente agradable y apropiado para el consumo. También la ausencia de referencias exteriores de espacio y tiempo (no suele haber ni relojes visibles ni ventanas) contribuyen a este efecto. Por otro lado, el simple hecho de estar rodeado de personas que compran produce un intenso efecto de imitación y contagio colectivo en la mayoría de los consumidores.
- Colocar los artículos de primera necesidad y de venta más frecuente (pan, leche, aceite, etc.) en lugares distantes entre sí, para que el consumidor recorra largos espacios en el establecimiento.
- Dirigir el “flujo de la visita” del modo más amplio posible para que los consumidores pasen por un mayor número de secciones y tengan mayores tentaciones de compra. Para ello se colocan al fondo de los locales determinados “cebos” y artículos de más demanda o se sitúan las entradas y las salidas de los establecimientos distantes entre sí.
- Los artículos que se desean vender se colocan en los estantes intermedios, a la altura de los ojos, para atraer la atención del consumidor. Los artículos colocados en los lugares altos y bajos de las estanterías difícilmente son vistos.
- Se colocan los productos que se desea vender junto a otros más caros (para que parezcan baratos) o en una posición intermedia entre otros extremadamente caros o baratos.
- Los establecimientos se distribuyen en pasillos largos, sin cortes y relativamente estrechos, en los que es difícil dar la vuelta con el carro, a menudo de grandes dimensiones, para estimular la compra. El consumidor, una vez que entra en un pasillo con su carro, está obligado a recorrerlo hasta el final, sin poder retroceder o desviarse.
- Las “cabeceras” de los lineales son lugares muy preferentes ya que para dar la vuelta el consumidor debe disminuir la velocidad de su marcha y prestar atención a lo que le rodea. Por eso es allí donde se colocan la mayoría de las ofertas.
- Colocar atractivos carteles o reclamos que hacen referencia al precio o las características del producto con grandes o llamativos caracteres. La simple visión de estos anuncios de “falsas ofertas” tienta a muchos consumidores, aunque desconozcan si se trata o no de una buena compra.
- Al lado de las cajas de pago se colocan artículos de capricho, puesto que es fácil que al acabar todas las compras previstas, y mientras se está haciendo fila para pagar, el consumidor compre por “impulso” este tipo de productos.

La efectividad de todo este tipo de técnicas está ampliamente contrastada. Como prueba de su éxito se puede señalar que entre el 40 y el 70 por ciento de las decisiones de compra se toman dentro de los centros comerciales y muchas de ellas se refieren a productos que el consumidor no tenía previsto comprar cuando entró en el establecimiento. Además, el 95 por ciento de los consumidores que entran en una gran superficie sin una idea definida de lo que quieren comprar o simplemente “para mirar”, terminan realizando alguna compra.

Efectos psicológicos y sociales de los nuevos establecimientos comerciales

Si antes los comercios se instalaban en las calles de la ciudad, ahora las tiendas han creado sus propias calles: las galerías se convierten en ciudades y construyen un nuevo mundo centrado en el consumo. Son falsas ciudades pero imitan a las reales: es fácil aparcar, se siente seguridad y todo está pensado para resultar acogedor y seductor para propiciar la compra. El peligro de dejarse arrastrar por esta seducción es evidente, sobre todo para los niños y jóvenes que los eligen como lugares donde pasar la mayoría de sus ratos de ocio. Sin pisar la calle, familias enteras pasan del aparcamiento de su casa al del centro comercial, y una vez allí pasean, miran escaparates, compran, van al cine o comen en un restaurante, y, así, sin salir de este espacio cerrado, pasan mañanas y tardes enteras. Parece que el ciudadano ha olvidado que han sido creados buscando en cada detalle sólo aquello que pueda hacerlos más atractivos y rentables desde el punto de vista comercial, es decir, más incitantes a la compra.

Ciertamente la gran atracción de estos macrocentros se explica, en gran parte, por los aspectos negativos de las grandes ciudades en las que a menudo lo único cercano y fácilmente accesible son esos grandes centros, abiertos muchas horas, a los que se puede ir sin avisar y en los que se aparca con facilidad. Las ciudades actuales son cada vez más inhumanas y menos propicias para el contacto con otras personas. Ver a amigos o familiares resulta en ellas mucho más difícil e incómodo que acudir al centro comercial más cercano.

Pero el consumidor no es consciente de los efectos que supone pasar una gran parte de su vida en esas “ciudades interiores” creadas por el comercio. Permanecer horas y horas rodeados de escaparates, tiendas y reclamos comerciales tiene una repercusión intensa sobre cualquier persona. Consciente o inconscientemente se acaba asumiendo una visión consumista de la vida, en la que la felicidad y el éxito social depende de lo que uno compre, y en el que no es posible divertirse sin gastar dinero.

La generalización del uso de estos macrocentros comerciales como lugares de ocio acaba cerrando el abanico de intereses no consumistas de las personas y de la sociedad. Muchos consumidores afirman que van a estos centros porque allí “hay de todo”. Obviamente no es verdad que “haya de todo”. Cada metro de estos lugares está pensado en función de su rentabilidad económica, y por lo tanto dejan fueran todo lo que no produce -directa o indirectamente- beneficio económico. Será difícil encontrar en ellos, por ejemplo, exposiciones de arte, bibliotecas, salas de conferencias o lugares de estancias o encuentro social en los que no sea preciso consumir.

Otra triste consecuencia de lo anterior es que las calles de las ciudades pierden su tradicional importancia como lugares de estancia y encuentro y los ciudadanos las usan sólo como lugares de paso (muchas veces en coche) entre las viviendas y los centros comerciales. Encerrados en estas artificiales “ciudades” del comercio, ignoran las ofertas de ocio y cultura no consumista que les pueda ofrecer su ciudad y alejan las posibilidades de desarrollo urbano más humano, en el que la vida y el contacto con otras personas suceda en espacios abiertos y públicos.

No se ha reflexionado suficientemente sobre lo que supone el triunfo de esas “ciudades interiores” creadas por el comercio. Aunque la sensación de soledad, inseguridad y falta de alicientes que siente el moderno “urbanita” encuentre alivio en ellos, le arrastra a un estilo de vida materialista e insatisfactorio. El auténtico progreso debería conducir a un desarrollo humano menos superficial, más pleno y más sostenible.


Javier Garcés Prieto es psicólogo, profesor de Psicología del Consumidor y presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y Sociales. Este artículo ha sido publicado en el nº 29 de la revista Pueblos, diciembre de 2007.

Por Javier Garcés Prieto - 27 de Enero, 2008, 12:30, Categoría: Consumo
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La distribución moderna: la invasión de los supermercados


Nuestros hábitos alimentarios y de consumo han sufrido, en los últimos años, una profunda transformación. La aparición de los supermercados, hipermercados, cadenas de descuento, autoservicios... (lo que se ha venido en llamar distribución moderna) han contribuido a la mercantilización del qué, el cómo y el dónde compramos supeditando la alimentación, la agricultura y el consumo a la lógica del capital y del mercado.

Un modelo depredador

Desde la apertura del primer supermercado en el Estado español en el año 1957, este modelo de distribución y venta se ha ido generalizando, especialmente a lo largo los años 80 y 90, llegando a ejercer a día de hoy un monopolio absoluto de la distribución alimentaria. En la actualidad, cinco grandes cadenas controlan la distribución de más de la mitad de los alimentos que se compran en el Estado español sumando un total del 55% de la cuota de mercado: Carrefour controla un 23,7% de la cuota, Mercadona un 16%, Eroski un 7,4%, Alcampo un 6,1% y el Corte Inglés un 2,3%. Además, si sumamos a éstos la distribución realizada por las dos principales centrales de compra mayoristas (Euromadi e IFA/1), llegamos a la conclusión de que solo siete empresas controlan el 75% de la distribución de alimentos (García y G. Rivera, 2007).

Nunca el mercado de la distribución de alimentos había estado en tan pocas manos, pero no solo eso. Más del 80% de la compra de alimentos se realiza en supermercados, hipermercados... y el 55% de estas compras se llevan a cabo en tan solo cinco grandes cadenas: Mercadona, Carrefour (que incluye a Dia y Champion), Alcampo, Eroski y el Corte Inglés (que incluye Open Cor) (García y G. Rivera, 2007). En consecuencia, el consumidor cada vez tiene menos puertas de acceso a los alimentos y el productor cada vez tiene menos opciones para llegar al consumidor. El poder de venta a los consumidores y el poder de compra a los distribuidores, por parte de unas pocas empresas, es total.

Esto es lo que se ha venido en llamar la teoría del embudo: millones de consumidores por un lado y miles de campesinos por el otro y tan solo unas pocas empresas controlan la cadena de distribución de alimentos. A nivel europeo, por poner un ejemplo, se contabilizan unos 160 millones de consumidores en un extremo de la cadena alimentaria y unos 3 millones de productores en el otro, en medio unas 110 centrales y grupos de compra/2 monopolizan el sector (Vorley, 2003). Este modelo de distribución moderna tiene graves consecuencias no solo en el agricultor y en el consumidor, sino también en el lugar y en el modo de trabajo, en el medio ambiente, en el comercio local, en el modelo de consumo, en los países del Sur.

Agricultura industrial y alimentos viajeros
Como hemos señalado, el modelo de distribución moderna tiene graves impactos en el agricultor. No en vano en los diez últimos años en el Estado español han desaparecido casi diez explotaciones agrarias al día y la población campesina activa se ha reducido al 5,6% del total. Con estas cifras, en los próximos quince años, el Estado español tendrá que  importar el 80% de los alimentos necesarios para alimentar a su población (Fundació Terra, 2006). Pero aquí no terminan las consecuencias para el agricultor, en el año 2005 el Índice de Precios al Consumo (IPC) de la alimentación subió un 4,2% sin embargo los precios de venta de los productos agrícolas disminuyeron. Esto provocó un descenso de la renta agraria en un 12%, llegándose a situar en un 65% de la renta general (García, 2007).

La distribución moderna determina un modelo de agricultura y de campesinado donde las producciones familiares no tienen cabida, a la vez que promueve una agricultura industrial, intensiva e insostenible. La situación de monopolio ha llevado a que el agricultor cada vez cobre menos por su producto y el consumidor pague más, siendo la gran distribución quien se lleva la diferencia. De este modo, los precios en origen de los productos agrícolas han llegado a multiplicarse hasta por once en destino, existiendo una diferencia media de 390% entre el precio en origen y el precio en destino (COAG, 2007). Se calcula que más del 60% del beneficio final del precio del producto se concentra en la distribución moderna.

Esta lógica de sometimiento del agricultor es extensible a otros proveedores. La situación de monopolio de la distribución moderna le permite establecer unas reglas comerciales que asfixian a sus suministradores, quienes a su vez se ven obligados a autoexplotarse o a explotar a sus trabajadores, siempre en busca de la maximización de los beneficios, en una cadena de explotación de mayor a menor. La ganadora, sin duda, es siempre la distribución moderna única vía de entrada al consumidor.
 
La mercantilización de la agricultura conduce a una "deslocalización alimentaria" sin precedentes con alimentos que recorren miles de kilómetros antes de llegar a nuestras mesas y que conlleva graves consecuencias medioambientales. Se calcula que en la actualidad, la mayor parte de los alimentos viajan entre 2.500 y 4.000 kilómetros antes de ser consumidos, un 25% más que en 1980. Nos encontramos antes una situación totalmente insostenible donde, por ejemplo, la energía utilizada para mandar unas lechugas de Almería a Holanda es tres veces superior a la utilizada para cultivarlas (Fundació Terra, 2006).

Nuestra alimentación se basa en el consumo de alimentos cada vez más lejanos con la consiguiente pérdida de información sobre el origen y el modo de producción de los mismos. Según el estudio británico Eating oil: food suply in a changing climate (Jones, 2001) una comida dominical típica británica realizada con fresas de California, brócoli de Guatemala, arándanos de Nueva Zelanda, ternera de Australia, patatas de Italia, habichuelas de Tailandia y zanahorias de Sudáfrica genera 650 veces más emisiones de carbono, debido al transporte, que si la misma comida hubiese sido realizada con alimentos cultivados localmente. Una práctica irracional, ya que muchos de los alimentos importados se producen localmente. Gran Bretaña importa grandes cantidades de leche, cerdo, cordero y otros productos básicos, a pesar de que exporta cantidades similares de los mismos (Halweil, 2003).

Pero los alimentos viajeros no solo conllevan una contaminación medioambiental creciente, sino que inducen a la uniformización y estandarización productiva. Por poner un ejemplo, si hasta hace pocos años en determinadas regiones de Europa existían hasta centenares de variedades distintas de manzanas, hoy en día en un supermercado tan solo se podrán encontrar como mucho diez variedades en todo el año. Esto ha conducido al abandono del cultivo de variedades autóctonas en favor de aquellas que tienen una mayor demanda por parte de la gran distribución, por sus características de color, tamaño, etc. Una situación que se podría aplicar a muchos otros alimentos como el maíz, el tomate, la patata... donde el criterio mercantil y productivo ha primado por encima del ecológico y sostenible. La aparente diversidad publicitada por los supermercados no es nada más que una ficción.

Trabajadores en precario
Pero este modelo de distribución comercial moderna conlleva también consecuencias negativas para quienes forman parte de su plantilla laboral. Los trabajadores de estos centros comerciales están sometidos a una estricta organización laboral neotaylorista caracterizada por ritmos de trabajo intensos, tareas repetitivas y rutinarias y con poca autonomía de decisión. Una situación que comporta la aparición de agotamiento, estrés y enfermedades laborales propias del sector como dolores crónicos de espalda y cervicales (Barranco, 2007).

En lo que respecta a las condiciones contractuales, priman las tablas salariales bajas y se introduce la "flexibilidad numérica" que permite a la empresa contar con un grupo de trabajadores temporales, con jornadas flexibles, que son utilizados para ajustar el número de personal a cada momento de la producción. Estas jornadas y horarios atípicos generan en los trabajadores afectados serias dificultades para conciliar su vida laboral con la social y familiar perdiendo incluso el control sobre su tiempo de "no trabajo" al no contar con un horario estable (Barranco, 2007).

Además, en estos centros se lleva a cabo una política anti-sindical, intentándose evitar la creación de sindicatos de trabajadores a través de prácticas ilegales, dificultando el derecho a reunión, presionando psicológicamente a los trabajadores que están en las listas sindicales, discriminando laboralmente a quienes son sindicalistas o a través de la creación de sindicatos amarillos controlados por la patronal y que tiene por objetivo evitar la creación de sindicatos de trabajadores.

Una de las cadenas de distribución moderna que suma más abusos laborales a nivel mundial es Wal-Mart, el gigante del sector y la multinacional con un mayor número de trabajadores en todo el mundo. Wal-Mart tiene una política de gestión de la mano de obra basada en el pago de salarios muy bajos (un 20% inferiores a la media en el sector en Estados Unidos), y una feroz estrategia antisindical que ha conseguido abortar virtualmente casi todos los intentos de sindicalización en sus establecimientos en América del Norte (Antentas, 2007).

Adiós al comercio local
Desde los años 80 y en contraposición al auge de la distribución moderna, el comercio tradicional de alimentos ha sufrido una erosión constante e imparable llegando a ser a día de hoy casi residual. Si en el año 1998 existían en el Estado español 95 mil tiendas, en el 2004 esta cifra se había reducido a 25 mil (García y G. Rivera, 2007).

Algunos estudios han analizado el impacto de la distribución moderna en el ámbito local. Tomando el caso de Wal-Mart, en 1997, la Iowa State University hizo público un informe donde evidenciaba el impacto de este gigante de la distribución en la región. En un período de doce años habían cerrado el 50% de las tiendas de venta al detalle (50% tiendas de ropa, 42% de variedades y 30% de informática). En la misma línea, un estudio de Neumark et al (2007) concluía que por cada puesto de trabajo creado por Wal-Mart en un municipio se destruían 1,5 puestos de trabajo en los negocios preexistentes.

Hay que tener en cuenta que el pequeño comercio forma parte de la economía y de la comunidad local y contribuye a reforzarla. En este sentido, un trabajo realizado por Friends of the Earth (La Trobe, 2002) afirmaba que un 50% de las ganancias de estos establecimientos retornaban a la comunidad, normalmente a través de la compra de productos locales, salarios de los trabajadores y dinero gastado en otros negocios, mientras que los supermercados retornaban tan solo un escuálido 5%.

Otro de los impactos de la gran distribución en las comunidades tiene que ver con la accesibilidad. La creciente desaparición del pequeño comercio ha generado problemas de acceso a los alimentos por parte de aquellos sectores con menores recursos económicos, gente mayor y quienes no tienen coche. La generalización de grandes centros comerciales en las afueras de las ciudades y el consiguiente cierre de comercios locales (especialmente evidente en los países anglosajones) ha hecho que aquellos que no tenían disponibilidad de transporte privado o con dificultades de movilidad hayan quedado al margen del sistema de distribución de alimentos. Un estudio de Friends of the Earth (2005) sobre los hábitos de compra en Gran Bretaña señalaba que había una mayor inclinación a la compra de alimentos en pequeños establecimientos en zonas urbanas con menores ingresos económicos. En consecuencia, cuando éstos cerraban eran, precisamente, las poblaciones más desfavorecidas quienes se quedaban sin medios para acceder a los alimentos.

Esta situación ha contribuido a la aparición de los llamados "desiertos alimentarios", zonas urbanas con crecientes dificultades para acceder a alimentos frescos y saludables, especialmente en áreas urbanas empobrecidas, donde la desaparición del pequeño comercio local ha dejado sin abastecimiento a las poblaciones locales. Según señalaba el periódico británico The Observer (26/08/2007), cuatro millones de personas en Gran Bretaña, especialmente entre las familias más pobres, no pueden acceder a una dieta saludable.

Más allá del cierre de comercios locales, otro de los impactos de la generalización de las grandes superficies se da a nivel medioambiental, no solo por la creciente comercialización de alimentos producidos a miles de kilómetros de distancia de donde son vendidos y consumidos (con el consiguiente uso del transporte aéreo y de emisiones de gas de efecto invernadero) sino por el aumento del uso del coche para llegar a estas grandes superficies. Según el gobierno británico (The Observer, 26/08/2007), uno de cada diez viajes en coche en el Reino Unido son realizados para ir a comprar comida con el consiguiente coste en emisiones de dióxido de carbono, problemas de tráfico, ruidos, accidentes y embotellamientos.

Además, hay que tener en cuenta el excesivo uso del packaging por parte de estas cadenas. Los envases y embalajes constituyen una cuarta parte de la basura doméstica y un 70% de los mismos está relacionado con el embalaje de los alimentos (INCPEN, 2001).  Las políticas de envasado impuestas por los supermercados son responsables de esta situación con unas normativas inflexibles que apuestan por el uso sistemático del empaquetado. Un estudio realizado en Austria permitió observar que los compradores que acudían a cooperativas de consumo generaban un 75% menos de residuos que los que compraban en supermercados (Erzeuger Verbraucher Initiative, 1992).

Lavarse la cara
Frente a los impactos negativos que les son atribuidos, la distribución moderna diseña una estrategia de lavado de imagen con tintes verdes y solidarios. Es así como en los últimos años han proliferado en los estantes de sus establecimientos productos ecológicos y de comercio justo. Una estrategia que ha despertado las críticas de un sector del movimiento por un comercio justo y del consumo ecológico.

En el Estado español cadenas comerciales como Carrefour, Alcampo y Eroski son algunas de las grandes distribuidoras que más esfuerzos han dedicado a dotarse de una imagen "equitativa y responsable" a partir de  la comercialización de productos de comercio justo y ecológicos. Pero a pesar de la introducción de estos productos en sus lineales, las prácticas comerciales de estas cadenas no han cambiado. El comercio justo y ecológico es utilizado como un instrumento de limpieza de imagen, tras el cual se esconden graves impactos en el medio ambiente, en la comunidad, en los derechos de los trabajadores, en el comercio local, etc (Vivas, 2007).

La mayoría de las grandes cadenas de distribución cuentan con fundaciones propias o se integran en otras impulsadas desde el sector empresarial, con el objetivo de promover una imagen "socialmente responsable". El gigante de la gran distribución, Wal-Mart, cuenta con la Wal-Mart Foundation, desde donde financia, prioritariamente, actividades en el ámbito local. Casualmente es en este ámbito donde su imagen está más deteriorada, debido a unas prácticas antisindicales y desleales en la fijación de los precios de los productos que acaban con el pequeño comercio y precarizan la mano de obra.

En la misma línea podríamos citar el ejemplo de otras grandes cadenas como
Carrefour con la Fundación Solidaria Carrefour-Norte o Alcampo que no cuenta con una fundación propia pero forma parte de la Fundación Empresa y Sociedad, a la que pertenecen otras multinacionales de brillante expediente "solidario" como BBVA, Nike, Novartis, Telefónica, Iberdrola, Inditex, La Caixa, El Corte Inglés, Sol Melià, Repsol YPF y Unión Fenosa, por citar sólo algunas.

Control gubernamental
Frente al impacto negativo de la distribución moderna en distintos ámbitos y el aumento de la presión ciudadana, especialmente significativa en el mundo anglosajón, algunos países de la Unión Europea han empezado a introducir leyes para legislar el sector: regulación de las relaciones entre el productor y el distribuidor, prohibición de la venta por debajo del precio de coste, acabar con la dependencia en las relaciones comerciales, etc.

En el Reino Unido, la Comisión de la Competencia llevó a cabo una investigación exhaustiva sobre las prácticas de los supermercados en la venta al detalle y la compra a sus proveedores que fue publicado en el año 2000. El Informe concluía con un listado de un total de 52 prácticas consideradas anti-competitivas entre éstos y sus proveedores e instaba a que los cuatro principales supermercados del Reino Unido cumpliesen con un Código de Prácticas en sus relaciones con los proveedores (AAVV, 2007). Con la creciente concentración del mercado por parte de la distribución moderna, la Comisión de Competencia lanzó una segunda investigación en el año 2006 que concluirá en el 2008.

En Francia, con el objetivo de poner freno a la dependencia del proveedor respecto a la distribución moderna, se aprobó, en los años 1996 y 2005, la Ley Galland y la Ley Dutreil respectivamente. Ambas establecían la prohibición de vender por debajo del precio de coste de producción y la segunda prohibía los pagos a posteriori y las tarifas de "coste de servicios" que la distribución moderna imponía a los proveedores. La Ley Dutreil establecía también que los contratos entre distribuidor y proveedor tenían que contener los precios fijados sin descuentos escondidos. En Alemania, en junio del 2005, la legislación sobre la competencia fue reformada para asegurar que las grandes distribuidoras no utilizaban su poder de mercado para exigir condiciones especiales a sus proveedores (AAVV, 2007). Estas iniciativas, aunque limitadas, ponen de relieve la creciente preocupación sobre el monopolio de la distribución moderna y su poder de negociación y de control del mercado.

La neocolonización del Sur
Hemos visto los impactos negativos de la distribución moderna en muchos y diversos ámbitos, la estrategia de ésta para hacer frente a las críticas y los intentos, limitados, de control por parte de los estados, pero la voracidad de la gran distribución no tiene límites. Con la saturación de los mercados en el norte y una creciente clase media en el Sur, la distribución moderna mira hacia nuevas cuotas de mercado.

Países de Asia, América Latina y África, especialmente India y China, se han convertido en nuevos objetivos estratégicos. Se trata de mercados vírgenes donde la mayoría de la población se abastece en los mercados locales y prácticamente no existe un comercio al menor organizado y tecnificado. En la India, por ejemplo, el 95% del mercado al detalle se encuentra en manos de pequeños negocios familiares, sin acceso a la tecnología digital, y éstos suman un total de ventas de unos 250 mil millones de dólares (Poston, 2006). Los beneficios potenciales en estos continentes son enormes.
Como señalaba el informe de la FAO El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2004, América Latina y Asia han sido las regiones del planeta que han experimentado una mayor inversión por parte de las corporaciones alimentarias multinacionales. De 1988 a 1997, las ventas de alimentos a través de los supermercados se duplicó con creces tanto en América Latina como en Asia oriental y sur-oriental. En los países más grandes y ricos de América Latina, la cuota de ventas de los supermercados pasó de un 15%-20% en 1990 al 60% en el 2000. En Asia, el auge de los supermercados empezó más tarde, pero despegó de forma todavía más rápida. En tan solo dos años, de 1999 al 2001, la proporción de alimentos elaborados y envasados vendidos por los supermercados en las zonas urbanas de China aumentó en más del 50%.
En tan solo veinte años, de 1980 al 2001, las cinco cadenas de supermercados más grandes del mundo ampliaron el número de países en que operaban en al menos un 270%. En la actualidad, las cadenas más grandes controlan del 65 al 95% de las ventas que se realizan en los supermercados en América Latina (FAO, 2004).
El rápido aumento y la creciente concentración de los supermercados tienen profundas repercusiones en la seguridad alimentaria y en el bienestar nutricional de las personas situadas en ambos extremos de la cadena, desde los agricultores que deben adaptarse a los requisitos y normas impuestas por unos mercados en continua evolución hasta los consumidores de las zonas urbanas que cada vez dependen más de los alimentos distribuidos por estas cadenas (FAO, 2004).
 
Pero algunos de estos países no se lo están poniendo fácil. Éste es el caso de la India con políticas tradicionalmente proteccionistas en materia de comercio al detalle, aunque recientemente el gobierno indio parece haber llevado a cabo una cierta apertura del mercado a los inversionistas extranjeros permitiendo que empresas de otros países y de una sola marca (Mc Donalds, Marks & Spencer, Ikea...) posean el 51% de algunos negocios.

Sin embargo las multinacionales de la distribución moderna se encuentran con una legislación adversa para establecerse en la región. Como afirmaba el ministro de comercio e industria indio, Kamal Nath: "permitir la entrada a los grandes grupos internacionales multimarca como el estadounidense Wal-Mart, el británico Tesco y el francés Carrefour sería ir demasiado lejos (...) Necesitamos encontrar un modelo que no desplace a nuestros vendedores minoristas existentes" (Poston, 2006). De todos modos, estas cadenas optan por negociar con grandes conglomerados de la distribución minorista india para poder acceder a los mercados internos.

Algunas alternativas
Pero frente a este modelo comercial, ¿qué alternativas se plantean? En primer lugar, es necesario llevar a cabo un consumo responsable y consumir en función de lo que realmente necesitamos. La lógica del sistema capitalista se basa en la producción generalizada de mercancías y para que estas mercancías sean vendidas desarrolla un modelo consumista que parte de la creación artificial de necesidades y la obsolescencia planificada de los productos. Cada vez consideramos que para ser felices debemos de consumir más. Pero si todo el mundo consumiese como un ciudadano estadounidense serían necesarios cinco planetas tierra para satisfacer las necesidades de consumo de la población mundial (Tello, 2004). Se trata de un modelo totalmente insostenible.

En segundo lugar, podemos encontrar alternativas a la compra en grandes cadenas de distribución a través de los circuitos cortos y de proximidad: tiendas de barrio, mercados, colmados. Se trata de un modelo comercial enraizado en el territorio y la comunidad, que fortalece el tejido social barrial y aporta recursos económicos al mismo, si bien es importante no caer en idealizaciones simplificadas sobre el pequeño comercio como a veces se hace. Es necesario informarse de donde provienen los productos y alimentos que allí se distribuyen, cómo se han fabricado, cuáles son las condiciones laborales de los empleados... e instar a los comerciantes a promover la producción local y del entorno y el empleo digno.

En tercer lugar es fundamental la acción política. En el ámbito del consumo podemos participar en cooperativas de consumidores de productos ecológicos que funcionan, habitualmente, a nivel barrial y que a partir de un trabajo autogestionado establecen relaciones de compra directas con los productores ecológicos de su entorno con el objetivo de llevar a cabo un consumo ecológico, solidario y de apoyo al campesinado local.

En cuarto lugar es necesario que esta acción política trascienda el ámbito del consumo y que rompamos el mito de que nuestras acciones individuales, por sí mismas, generarán cambios estructurales. En este sentido, es fundamental una acción política colectiva dirigida a conseguir cambios reales en las instituciones políticas y económicas en dirección a un nuevo modelo de desarrollo y crecimiento sostenible social y ecológicamente. Un consumo responsable sólo será posible en un contexto más amplio de transformación social, política y económica y para conseguirlo es fundamental la creación de espacios de resistencia, de transformación y de acción política colectiva.


Notas
1/Quienes tienen el mismo efecto final sobre los productores que las cadenas de distribución.
2/Las centrales y grupos de compra son las empresas que negocian directamente con el productor/proveedor. En general, los grandes grupos de distribución tienen sus propias centrales, otros grupos se asocian con otras empresas y crean nuevas centrales y una parte importante de los minoristas organizan sus compras en una central. El poder de compra de éstas depende de su tamaño, cuando más grandes mayor poder de negociación.

Bibliografía
AAVV (2007) The EU retail sector: when is a market not a market? Briefing for MEP's.
Antentas, J.M. (2007) "Wal-Mart: impactos del gigante de la gran distribución y resistencias" en Montagut, X. y Vivas, E. Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial, pp. 155-167.
Barranco, O. (2007) "Condiciones de trabajo de las proletarias y los proletarios de la gran distribución comercial" en Montagut, X. y Vivas, E. Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial, pp. 71-83.
COAG (2007) El poder de las grandes superficies en la cadena agroalimentaria, Madrid, COAG.
Erzeuger Verbraucher Initiative (1992), St. Polten, EVI Info.
FAO (2004) El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2004, Roma, FAO.
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García, A. (2007) "Precios en origen y precios en destino" en Montagut, X. y Vivas, E. Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial, pp. 65-69.
García, F. y G. Rivera, M. (2007) "Supermercadolandia: el planeta de los supermercados" en Montagut, X. y Vivas, E. Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial, pp. 11-23.
Halweil, B. (2003) Productos del país. Alimentos locales en un mercado global, Bilbao, Bakeaz.
INCPEN (2001) Towards greener households : products, packaging and energy, Londres.
Jones, A. (2001) Eating oil: food suply in a changing climate, Londres, Sustain.
La Trobe, H. (2002) Local food, future directions, London, Friends of the Earth.
Neumark et al. (2007) The effects of Wal-Mart on local labor markets en: http://www.newrules.org/retail/neumarkstudy.pdf
Poston, T. (2006) "La revolución minorista india". BBC Mundo.com, 8/02/2006 en: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/business/newsid_4693000/4693986.stm
Tello, E. (2004) Viure bé sense fer malbé en: http://ecoauditories.ecologistes.net/educacio/petjada/articles/art03.pdf
Vivas, E. (2007) "Comercio justo: ¿al servicio de las grandes superficies?" en Montagut, X. y Vivas, E. Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial, pp. 113-126.
Vorley, B. (2003) Food Inc. corporate concentration from farm to consumer, Londres, UK Food Group.


*Artículo publicado en Viento Sur, nº 94 (http://www.vientosur.info).
** Esther Vivas es coautora del libro Supermercados, no gracias (Icaria editorial, 2007).

Por Esther Vivas - 27 de Enero, 2008, 12:22, Categoría: Consumo
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Telepizza y sus condiciones de trabajo

Hola a todos los que lean esto.
 
 Hace unos 15 minos por pura casualidad había encontrado esta página web, en la que ví una carta de parte de Tamara, que contaba su experiencia de trabajo en un Telepizza, y decía que no comprendía por qué había tantas quejas de la gente que estaba en puestos similares en la misma cadena.
 Me gustaría felicitar a Tamara, ya que, por lo visto, ha tenido una suerte increible al encontrar un puesto a su gusto. Y también decirle, que si la gente se queja, por algo será.
 
Trabajo en un Telepizza desde hace tres años. No tenemos chicas de limpieza (se supone que tenemos mucho tiempo para hacerlo las pizzeras), toda la tienda se limpia una vez al día, por la noche (cuando ya estamos cerrando y no hay tiempo ni ganas de aplicarse mucho en la limpieza), se nos paga cuando al jefe le dé la gana, y si pides la paga antes, te da largas; las horas extra......¿acaso se paga eso?(al pedirle explicaciones al jefe, empieza a contarte un cuento, te lias a los tres minutos, y aunque insistas, no te da más de lo que considera extrictamente necesario). Por supuesto que hay una completa flexibilidad de los horarios, pero entre semana; los fines de semana no hay quien se libre de trabajar, aunque estés malo. Ah, y si cerramos a la 1, se cogen los pedidos hasta menos 10 (teniendo en cuenta de que a la 1 ya lo tenemos que tener todo limio e irnos a casa, no existe tiempo dedicado solo a la limpieza), y casi todos los días salimos 20-30 minutos tarde, que luego no se cuentan como horas trabajadas.
 
 Lo de la higiene personal, es bastante subjetivo, es decir, si consideras que tienes que ser buena persona y hacer las pizzas bien, te lavas las manos, sino, nadie te obliga.
 
Las personas con las que trabajo actualmente, me caen muy bien, y ahora hay buen rollo, pero hace un año aquello era inaguantable (básicamente, el jefe contrataba a todos que pedían trabajo, (ya que no había muchos y siempre se necesita gente) sin pensar en que a lo mejor, le estropearía el ambiente en el trabajo.
 

Por Lyudmila Malanina - 27 de Enero, 2008, 12:08, Categoría: El Bicho
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¿Qué es la dieta mediterránea?

Los patrones alimentarios de hoy no se derivan de nuestro clima, nuestra producción agroalimentaria y nuestra cultura gastronómica, sino de las campañas televisivas de las multinacionales. Esta presión cultural nos ha forzado a abandonar una dieta saludable, imponiéndonos formas de alimentación sólo beneficiosas para las grandes empresas de producción y distribución alimentaria.

Por x Pilar Galindo, Grupos Autogestionados de Konsumo - 1 de Enero, 2008, 20:28, Categoría: Nutrición
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