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Una pequeña parte del mundo tiene sobrealimentación y camina a la obesidad. La otra gran parte del planeta se muere de hambre

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1 de Noviembre, 2007


La dieta del Che en Bolivia

 Al llegar cerca de la finca detuvimos las máquinas y una sola llegó a ella para no atraer la sospecha de un propietario cercano, que murmura la posibilidad de que nuestra empresa esté dedicada a la fabricación de cocaína.Pasamos toda la noche cocinando puerco y locro: no rindió la jornada lo esperado y salimos cansados, ya de día.                               

El  diario del Che en Bolivia 

 

 Un grafómano apolíneo. Al leer El diario del Che en Bolivia, como hemos hecho muchos durante el mes de octubre, nos salta a la vista, en zoom, la mano del revolucionario argentinocubano, ¿un guerrillero con dedos de filósofo y uñas de poeta? Podemos contemplar, desde esa proximidad, el pulso del escritor que saca un poco de tiempo al final del día —tantas veces descrito como una marcha continua del soldado— para organizar un poco, en un buen párrafo, la realidad guerrillera, una reflexión que el jugador de ajedrez, siempre apolíneo, necesita. Para Ernesto, la escritura del Diario fue una cuestión de rigor: el orden ante el caos, la disciplina ante la errancia. El Che estuvo marcado por la lealtad al calendario, al reloj, un día sobre el otro, con esta excepción, sin embargo: el 15 de mayo, único día en su aventura boliviana en que se resistió a escribir la faena guerrillera en un párrafo bien esculpido. En vez,  el Che despachó atípicamente el 15 de mayo en una oración con tres palabras: Día sin novedad.

 

Para fotografiar con la pluma el grueso del día —absorbido por la lenta preparación revolucionaria— y dejar constancia del avance guerrillero, el Che no tenía que escribir mucho. En aquellos días de nomadismo guerrillero, mayormente a pie o a pelo, pendiente siempre al enemigo, al agua y a la comida, tanteando con un mapa en la mano la correspondencia, no siempre fiable, entre la cartografía y la realidad —muchas veces desorientado— la faena típica de un día se dejaba atrapar en un párrafo bien centrado, por lo general robusto. Poder de síntesis, el revolucionario grafómano tenía buen pulso teleológico —bien enfocado, siguendo al dedillo las huellas del soldado—por lo que sintetizaba una jornada de ajetreo guerrillero en la selva boliviana, una geografía llena de sorpresas que nadie dominaba, con elegancia, claridad y precisión. ¡Mano firme y límpida! La del Che, además, tenía aplomo, una sola determinación. En un párrafo centrado, nítido, al final del mes, el Che trazaba, como buen contable con caligrafía de médico, una síntesis de la guerrilla en el difícil y lento proceso de generar —lo que no pasó— una revolución. La escritura emblemática del Diario es el párrafo robusto, una entidad que no tiene que ser extensa para ser sustanciosa; nunca la oración de tres palabras: Día sin novedad.

 

En el Diario, la escritura del Che se reproduce en un fluir de párrafos coordinados que van armando una dirección con gravedad propia; una escritura en la que sólo lo imprescindible es necesario, pues el trayecto puede ser largo y el tiempo, a pesar de todo, corto. Como la propia guerrilla, la escritura del Diario se va armando poco a poco, hasta que un 7 de octubre, de golpe y porrazo, termina sin más.

 

Entre el hambre atroz y la comida opípara. La comida es una preocupación constante en el Diario: inmanencia total, sin ella, y sin el agua, no hay guerrilla ni revolución. Al segundo día de haber llegado a la región del Ñancahuazu, el 8 de noviembre de 1966,  el Che apunta que se han hecho los arreglos necesarios para comprar puercos y gallinas. Como líder indisputable del proyecto boliviano, liderato que no estuvo dispuesto a compartir, al Che le tocó pensar en la comida todo el tiempo que estuvo peleando; también le tocó orquestar la disciplina, una solidaridad alrededor de la boca y la panza, de modo que ningún guerrillero osara comerse, como pasó, la ración del otro. Entre la búsqueda impostergable de alimentos, la atrocidad del hambre y el atracón ocasional, el Diario traza un perfil de la dieta del revolucionario en el ámbito boliviano en el cual, curiosa y paradójicamente, la papa no desempeñó el protagonismo culinario que, como tubérculo andino, cabría esperar. Esto resulta interesante: mientras que al principio del diario el Che escribe que ha visto una planta de marihuana, no es sino en la última entrada, el 7 de octubre, que hace referencia a un sembrado de papas: Salimos los 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos, que no tiene casa cerca, pero sí sembradíos de papas regadas por acequias del mismo arroyo. En el resto del Diario, hay dos referencias adicionales a la papa: cuando le compran papas a un campesino el 16 de abril y la importante noche del 6 de junio, en la que los guerrilleros se pasaron cocinando puerco y locro.

 

En el Diario, la comida crea un campo semántico dinámico, al centro del cual está la voluntad del sujeto que vela por la continuidad del cuerpo, una responsabilidad que, como médico y como líder guerrillero, se adjudicó el Che, quien, además, ahora como filósofo, se encargó de imponer una ética socialista de la comida, disciplina a la que, por supuesto, se sometió él mismo. No hay en el Diario muestras de que el Che abusara de sus privilegios políticos y filosóficos —en los que sí se sabía superior a los demás— para meterse en la boca y en la panza más de lo que le correspondía como biología con hambre. Desde esa ética, que es a su vez silenciosa pero inevitablemente cristiana —¿quién duda a estas alturas de que el Che haya sido un Cristo?— el Diario inscribe la comida en el universo de la guerrilla, en el cual es imprescindible contar con una estrategia y una ofensiva. En cuanto a la primera, la comida, como las armas y las municiones, se debe esconder —en este caso, encuevar— estratégicamente en los alrededores del espacio sitiado, para recurrir a ella en casos de emergencia. En cuanto a la ofensiva, la comida se consigue mediante la expropiación, el saqueo, la compra y la caza o la pesca. Sería fácil argumentar que el Che, a quien nunca le faltó el dinero en Bolivia —aunque pasó hambre— prefería, a veces burlándose de la ética capitalista, pagar por la comida; pero tenía claro que en la realidad liminar guerrillera era legítimo expropiar y saquear. Desde la esfera militar, el Diario proyecta esta metarrealidad culinaria: en tiempos de guerrilla, todo se vale, la carne de caballo o la de buey medio podrida, los monitos, los pajaritos, incluso, cuando arrecia la sed, uno se toma hasta los orines. Por eso, cuando se da fortuitamente la ocasión, el guerrillero se transforma en el más agradecido gourmet: una boca grande abocada al sabor y a la cantidad. ¡Qué bueno y oportuno el atracón de fricasé de gallina con arroz!

 

Como un campo semántico dinámico, la comida moviliza también en el Diario una dimensión (mínimamente) estética, que en este caso es, por supuesto, literaria. La comida requiere una escritura imprescindible, precisa y dinámica, que nombre y modifique la realidad del banquete sorpresivo —el máximo furor del cuerpo disciplinadamente revolucionario— con un adjetivo que se encargue tanto de la cantidad como del sabor. En la escritura del Diario, ese adjetivo es opíparo, un término que el Che usa también como adverbio: comiendo opíparamente. A pesar de la disciplina inquebrantable, de la sensibilidad apolínea del Che, tan ajena al achispamiento de los sentidos que ondea el hedonismo zurdo de Michael Onfray, el guerrillero paradigmático sólo se suelta, quebrando la disciplina espartana, cuando se trata de una cena opípara, más la excepción que la regla en la dieta del soldado. Fuente del mayor hedonismo que se permite el Che en Bolivia, la experiencia del banquete inesperado, una alegría individual porque es también colectiva, surge como el único placer que el revolucionario le permite al cuerpo, una materialidad bastante sufrida —por el hambre, la enfermedad, el cansancio— a lo largo de la guerrilla. En el Diario hay pocas referencias directas al tabaco, el café o el mate, compañeros míticos del soldado, y ninguna al alcohol, como si al Che le doliera más la ausencia de tinta —de la que sí escribió el 19 de septiembre— que la falta de tabaco, café o mate, de los que casi no escribió nada. ¿Había dejado de fumar el Che? ¿Nunca había alcohol —chicha—en las cocinas que saquearon como parte de la brega guerrillera?

 

Antes y después del 15 de mayo. Único día en el que el Che abdicó, por las razones que fueran, a meter el día en un párrafo autosuficientemente robusto, claro y prístino, por lo que redujo el día a esta oración de tres palabras, Día sin novedad. El 15 de mayo es por eso mismo el día más paradójicamente novedoso de todo el Diario: el único día en que no pasó nada digno de anotar, cuando la rutina guerrillera, muchas veces aludida en otras de sus entradas, deja al revolucionario sin palabras, un silencio que no parece lógico en el esquema narrativo del diario, donde el Che siempre tiene algo que escribir, no importa cuán rutinario sea el día. ¿Qué pasó ese 15 de mayo para dejar abruptamente en seco, en blanco, al revolucionario de mano constante y firme? ¿Por qué no hizo ese día ninguna reflexión el filósofo político?

 

El 14 de mayo es un día interesante desde el punto de vista de la comida, pues acontecen cuatro eventos importantes en la dieta del revolucionario. Primero, el filósofo necesita subrayar —a gritos, lo que el Che llama descargarse— los principios de la ética culinaria socialista: Antes de salir reuní a todo el mundo y les tiré una descarga sobre los problemas confrontados; fundamentalmente, el de la comida, haciendo críticas a Benigno, por comerse una lata y negarlo; Urbano, por comerse un charqui a escondidas y Aniceto por su afán de colaborar en todo lo que sea comida y su renuencia a hacerlo cuando se trata de otra cosa. Segundo, ese día se esconde una cincuentena de jocos [calabazas con cáscara dura] y dos quintales de maíz desgranado. Tercero, el guerrillero participa desde la primera persona del plural en la tarea de recoger frijoles; finalmente, en una casa abandona bien surtida que no dudan en saquear, preparan un sabroso fricasé de gallina con arroz, una cena opípara. Como de costumbre, el Che no escribe nada sobre las bebidas y la fuma.

 

El 16 de mayo es también un día interesante desde el punto de vista de la comida, pues acontecen dos eventos importantes en la dieta del revolucionario. Primero, ¿como consecuencia del opíparo fricasé de gallina con arroz?, un ataque de cólicos ataca al Che al iniciar la marcha; entre vómitos y diarrea, le dan una demerol que le corta el flujo líquido por la boca y por el culo, aunque le hace perder la conciencia y por eso mismo el control involuntario del ano: cuando me desperté estaba muy aliviado pero cagado encima como un niño de pecho. Me prestaron un pantalón pero sin agua, hiedo a mierda a una legua. El Che pasó todo el día adormilado, tirado en una hamaca, y, sin embargo, se dio cuenta de que la dormidera del cuerpo drogado, cagado y débil no era la más peligrosa. Por eso, ese mismo día anotó que había recibido un mensaje que corroboraba una pérdida del sentido mucho más importante: estaban aislados.

 

Si el 15 de mayo el Che decidió no escribir más de una oración con tres palabras en su diario, porque se encontraba en el proceso de descomponerse del estómago, gestando la descarga diarreica del 16, desde la que, a pesar de la cagada y de la pérdida de la razón, escribió un párrafo típico, entonces tendríamos que concluir que la comida, antes de reventar por arriba y por abajo transformada en veneno, pudo lo que no logró ni el asma, ni el hambre, ni el dolor físico; lo que logró cinco meses después la muerte: silenciarlo.


La dieta del revolucionario. Como buen comensal argentino, el Che tendía hacia la carne, pero se manejaba bien entre la diversidad culinaria latinoamericana: ¿cómo no conectar su proclividad por el arroz y su uso del término guineo, con su cubanía adoptiva? Si es necesario hacer la revolución en Bolivia comiendo carne de caballo y de mono, se hace; por eso, de haber sido necesario, el Che no habría dudado en un caso de vida o muerte en subir el otro peldaño, el que lleva al carnívoro en una situación límite al umbral del caníbal. El hambre, como ha dicho recientemente Santiago Alba Rico, lo sabemos, disuelve todos los lazos sociales e impone el canibalismo. Por otra parte, el Che parece en el Diario como un argentinocubano de garganta seca: ni la mateína ni la cafeína parecerían formar parte de la rutina guerrillera, aunque el Che hace alguna referencia al mate y al café. Sólo el agua le preocupaba. Abstemio, ni la fuma, tan emblemática del revolucionario, se mereció una oración. Tampoco hizo referencia al otro tipo de comida —el sexo— ni especificó quién cocinaba las comidas opíparas.

 

Aunque el Che le metió el diente a todo lo que tuvo al alcance —venados, pava, pescados de río, puercos, monos, cotorras, palomas, palmitos,  loritos, pajaritos, leche, arroz con mejillones, mote con carne, urina, gavilanes, caballos, yuca, jocos, zapallos, pan, cacaré, sopa en sobre, carne enlatada, charqui, perdiz, maíz tostado y crudo, latas de cebolla, azúcar, café, manteca, frijoles, guineos, sopa de maní, hochí, buey, locro, fricasé de gallina, chivo, papas— el plato más interesante en su experiencia boliviana fue uno que no se comió, un plato metafórico e interesantemente paradójico o quizás poético. El 2 de junio, en pleno ajetreo de matar y descuartizar a un chancho, pasó un camión con dos soldaditos y unos turriles; el Che procesa la situación y enseguida produce esta metáfora: así desprevenidos como estaban esos soldaditos, el Che y su gente los habrían podido matar —un bocado fácil— pero no lo hicieron, porque esa noche había algo más importante en la agenda del revolucionario asceta: holgorio y puerco.

 
LQSomos. Francisco Cabanillas. Noviembre 2007

Bowling Green State University

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Publicado por LQSomos el 1 de Noviembre, 2007, 19:46 | Comentar | Referencias (0)

 

 

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