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Un relato

La conquista del tiempo: (I) aquí y ahora

Conocí a Joaquín hace al menos siete años. En aquella época yo trabajaba de noche en un centro hotelero y al concluir el turno me acercaba a la cafetería para tomar un tentempié, por lo normal un cacao y un par de bizcochos, que me permitían llegar hasta la cama sin cabecear en el metro y sin que el cansancio me forzara a caminar haciendo eses por las calles recién despertadas. Él, en cambio, se tomaba el primer café del día. Tazones bien llenos de café caliente y lavado, manchado con una gota de leche, en los que echaba cuatro, cinco, seis cucharadas de azúcar. Se inyectaba esta dosis de cafeína y glucosa de hora en hora, lo cual le permitía mantenerse erguido hasta el almuerzo, si bien no bastaba para que pudiera levantar las rodillas al desplazarse por la cocina ni dejara de arrastrar las alpargatas. Antes de reincorporarme al trabajo a medianoche, me tomaba una infusión. Joaquín, atareado en la cocina, me saludaba con un gesto adusto a través de la ventana del office, adonde se acercaba para dar un trago a su penúltimo vaso de vodka con naranja.
Aunque su horario de trabajo oficial comenzaba a las 11 de la mañana, se incorporaba al hotel horas antes, a las 7. Por la tarde disponía de cuatro horas de descanso, pero a menudo tampoco las disfrutaba. Algunos camareros, que tampoco aprovechaban ese intervalo para regresar a sus casas porque hubieran perdido la mitad del tiempo en el trayecto, jugaban a las cartas en un reservado. Él, entretanto, precocinaba algún plato, preparaba los ingredientes de la paella o de los potajes... los pormenores de la cocina industrial siguen siendo un secreto para mí. Estas jornadas de trabajo de doce o dieciséis horas se sucedían seis días a la semana, y me consta que hubo un verano en el que Joaquín y el resto del equipo de cocina acumuló íntegro el mes de vacaciones, que no llegaron a disfrutar y que cobraron como horas extra a un tercio de su precio legal. 
El sentido común nos dice que quien acepta tales condiciones de trabajo lo hace movido por el deseo de ganar más dinero, y que en cualquier caso no las aceptaría si los perjuicios superasen a los beneficios. El salario es una ventaja comparativa frente a las sociedades esclavistas y las feudales, y a la hora de tomar una decisión, todos colocamos en cada platillo de la balanza los pros y los contras. Sin embargo, los hechos suelen contradecir al sentido común. Hubo una época en la que de los cinco miembros de la plantilla de la cocina, tres se hallaban de baja médica por “depresión”. No se trataba de una crisis de tristeza, de melancolía, de la dolencia de un intelectual que medita sobre el sentido de la vida tras la lectura de un poema decadentista. Cuando una persona, blandiendo un cuchillo de carnicero, abandona la tarea y se lanza a gritos sobre un compañero, diagnosticarle una depresión es una cortesía del médico. En la balanza, sólo se habían comparado los valores del tiempo y del dinero, así que la salud había quedado excluida. 
No me planteaba cómo una persona puede aguantar tantas horas de trabajo en un recinto insano, en el que se mezclan cien olores y donde las temperaturas pueden sobrepasar los cincuenta grados centígrados. Me importaba más el porqué. Daba por supuesto que se trabajaba por coacción. No había celdas de castigo para los montaraces, pero sí letras de hipoteca o mensualidades de alquiler que pagar. Tampoco había látigos dispuestos a hundirse en la espalda de los remeros que flojeaban, pero sí juicios destemplados sobre las tareas desempeñadas. Las puertas permanecían abiertas, pero fuera sólo habría otro trabajo en condiciones similares, o a lo peor ningún trabajo. 
Aunque el sentido común también parece indicarnos que cualquier trabajador aceptaría una mejora en las condiciones laborales, reduciendo drásticamente las horas de trabajo y manteniendo el salario, la realidad se muestra sorprendente. Varios de ellos manifestaron su disconformidad con la propuesta, otros callaron. Uno incluso expresó que sentía atacada su libertad individual. La misma persona a la que se le cambiaba el turno con un preaviso de doce horas y cuyo día libre se posponía indefinidamente, consideraba que se limitaba su albedrío si se establecía un calendario por acuerdo de la mayoría, que sólo pudiera ser alterado por la dirección de la empresa con un preaviso mínimo de quince días. 

Para defender los intereses de los que sí deseaban trabajar en condiciones legales, cumpliendo sus deberes y haciendo cumplir sus derechos, cabía la posibilidad de recurrir a la inspección de trabajo, dependiente del ministerio. Recuerdo una reunión surrealista con un inspector, que me dijo: 
—Me quedan casi quince años para la jubilación, sabe usted, y estoy seguro de que no veré el día en que el personal de hostelería trabaje cuarenta horas semanales.

Como se ve, hay ámbitos de la sociedad en que el estado de derecho no es ni estado ni de derecho. Se trata de una peculiar enfermedad de las instituciones: el poder legislativo dicta unas leyes que el poder ejecutivo no obliga a cumplir cuando un sector de la sociedad reclama su intervención. Este nudo gordiano me llevó a dar en parte la razón a quienes concluyen que el estado no es neutral, sino la expresión, digamos, de una parte de la sociedad. Pero no comparto el antiestatalismo de las utopías anarquista y comunista. El estado puede y debe jugar un papel equilibrador. Un estado neutro o un estado mínimo, que se inhibe, permite que el sector hegemónico de la sociedad imponga su criterio y sus intereses particulares. En el lado opuesto, la ensoñación de un estado transparente, que se confunde con toda la sociedad, sólo es un ideal totalitario. En cualquiera de los casos, el resultado es la suspensión del derecho y el reino de la arbitrariedad. En una democracia plural, del estado no habría que esperar su desaparición ni su neutralidad, tampoco su transparencia, sino una actitud más rica y realista, en búsqueda constante del equilibrio. 

Pero hablaba del porqué, de las necesidades y la coacción que empujaban a aceptar tales condiciones laborales. Muchos trabajadores, sin embargo, interiorizaban las órdenes arbitrarias de la dirección como decisiones necesarias, inevitables. Sin llegar al extremo de considerar justo lo que con frecuencia era desatinado y el producto de la mala organización y de la falta de previsión, aquella orden encajaba dentro de lo que “debía ser”, porque “las cosas son así” y porque, según expresión muleta del propio director, “esto es lo que hay”. Ahora, el cómo parecía tan importante como el porqué: ¿cómo puede una persona aguantar tales condiciones?

Del mismo modo que nuestro organismo se adapta, dentro de unos límites, a climas distintos, nuestro cuerpo y nuestra mente intentan adaptarse a un modo de trabajar y de relacionarnos. Desempeñar durante cincuenta, sesenta o setenta horas semanales tareas ingratas, soportar temperaturas extremas, olores irritantes, humedad, ruidos, comentarios hirientes, cambios irracionales de los horarios, todo ello forma parte de un modo de trabajo, o aún más, un estilo de vida. Un estilo de vida que no se basa en el esfuerzo bien empleado, sino en el sufrimiento y en el embotamiento de los sentidos y de la inteligencia. De él se excluyen la racionalidad aplicada a la organización, el respeto mutuo entre compañeros y el reconocimiento entre jefes y subordinados, entre trabajadores y clientes, el amor por el trabajo bien hecho y, por supuesto, muchas de las cosas hermosas de la vida que quedan fuera del trabajo y que se ven afectadas por él. Las doce, diez, ocho horas libres entre dos jornadas se convierten simplemente en tiempo de descanso. Si un trabajador asume ese estilo de vida como “su” estilo de vida, estará dispuesto a defenderlo. 

Cuando la realidad es fea y triste, nuestros sentidos acaban renunciando a percibirla, del mismo modo que nuestro intelecto debe renunciar a interpretarla. Lo urgente es soportarla, y a tal fin resulta imprescindible sentirla poco y pensar lo menos posible en ella... Que el tiempo pase, que fluya sin dejar huella. Al restarlo al trabajo satisfactorio, al ejercicio político, a la cultura y a la sensualidad, y entregárselo a tareas impersonales y mecánicas, cuyo único fin es la productividad, el tiempo nunca suma, sólo resta. 
El tiempo, mal empleado, posee la peculiar característica de menguar. No pueden aplicársele de modo satisfactorio las leyes del mercado, de la oferta y la demanda. Cuando escasea, lejos de aumentar su valor, se contamina y se devalúa. Como si cada minuto entregado arrastrara consigo horas enteras por el sumidero.

José Marzo. http://www.lafabulaciencia.com/

Publicado por Fabula de la ciencia el 14 de Noviembre, 2005, 9:35 | Comentar | Referencias (0)

 

 

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